Capítulo Uno: The Right Life

Llevaba una hora en la cama despierto, sin ganas de levantarme. Tenía tan pocas ganas de hacerlo que ni siquiera había abierto aún los ojos. Intentaba alargar el sueño todo lo posible. Me puse en todas las posiciones posibles intentando volver a quedarme frito pero no había manera, como mucho una cabezada que me traía pequeños fragmentos de sueños exprés de lo más absurdo.

Al final me rendí y decidí abrir los ojos y en cuanto lo hice me arrepentí de mi mala memoria, de mi borrachera de anoche y de haberme olvidado de bajar las persianas anoche cuando me metí en la cama. Para evitar que el sol de invierno abrasara mis pupilas me giré y me encontré con una nuca. Un cuello ancho, con una cabellera morena rapada a la perfección, ni un pelo suelto, ni un trasquilón mal hecho. Una de esas nucas que, al verlas, te dan ganas de pegarle un bocado como a una jugosa manzana.

Manzanas. Tengo hambre. Pero no me iba a ir de la cama sin saber quién era ese maromo que roncaba ligeramente a mi lado. ¿Era posible que llevara una hora en la cama y no me hubiera dado cuenta de que tenía un hombre a mi lado? Sí, lo era.

El misterioso hombre se dio la vuelta suavemente y se colocó boca arriba. Le reconocí. Era el moreno de ojos profundamente verdes que se había pasado toda la noche cruzando miraditas con Jorge la noche anterior. Espera, si estaba ligando con Jorge ¿qué hacía en mi cama? ¿Me he convertido en Jorge? ¿Qué es esto? ¿Una peli de esas de cambios de papeles en las que he de aprender una estúpida lección sobre la vida para volver a mis zapatos?

Me levanté con mucho cuidado para no despertar al maromo, me puse unos boxers que encontré en el suelo y fui al baño de mi habitación. Me miré en el espejo. Seguía siendo yo. Un yo despeinado, con ojeras y un poco de semen reseco en el pecho, pero seguía siendo yo. Estaba claro que me lo había pasado bien anoche.

Salí de la habitación y cerré la puerta con cuidado. Bajé las escaleras hasta el salón y me acerqué al LCD para leer la nota que Jorge había dejado pegado a ella.

“Me debes un morenazo de ojos verdes, puta. Espero que se te corriera en un ojo, zorra. Te lo escribo para cuando te levantes y lo leas: ZORRA”.

Sonreí y acto seguido crucé el salón para ir hasta la barra americana que lo separaba de la cocina y puse una cápsula en la Nespresso. Me senté en uno de los taburetes de la barra y alargué la mano para alcanzar una manzana. Quería escuchar música. Pero no quería despertar al maromo. Bueno sí. Quería despertarlo y que se fuera lo antes posible.

Pero no me hizo falta ponerle música para eso. Desde el taburete vi cómo en el piso de arriba la puerta de mi habitación se abría y aparecía él en el umbral. Llevaba los pantalones y la camisa desabrochados. Me lanzó una mirada y sonrió. Mientras tanto mi mente no paraba de funcionar, tratando de recordar si en algún momento de anoche me dijo su nombre. Pero el café estaba listo y eso sí merecía toda mi atención.

El maromo bajó las escaleras haciendo ruido con sus zapatos sobre el parquet. Iba poco a poco, pero cada una de sus pisadas se clavaban en mis tímpanos como si te perforaran la cabeza con un consolador tamaño Nacho Vidal. Sí: necesitaba un Espidifen. Pero primero, el café. Y el maromo, que estaba frente a la tele leyendo el post-it de Jorge.

- No me extraña que tu amigo se haya enfadado –dijo él.
- ¿Por? –pregunté yo, curioso. Y de verdad tenía curiosidad, no recordaba nada de la noche anterior.
- Se pasó toda la noche tirándome la caña… pero yo te prefería a ti.
- Vaya, es muy halagador.
- No es un cumplido, realmente me gustas más que él.
- Gracias, tú a mí también me gustas más que él.
- Me llamo Norberto, por cierto.
- ¿Qué eres? ¿Hijo de Gloria Fuertes?
- ¿Perdona? –dijo él, con un punto de curiosidad que denotaba cierta irritación por no haber entendido la broma que interpretó como ofensiva.
- Es igual.
- ¿Me invitas a un café?
- Pues la verdad es que tengo mucha prisa. Tengo que ducharme y salir pitando al trabajo –dije yo, pegándole un enorme bocado a la manzana que tenía entre mis manos.
- ¿A las doce y media de la mañana?
- Es que soy mi propio jefe. Pero tengo que ir igualmente a la oficina, he de dar ejemplo.
- ¿Y a qué te dedicas?
- Mira Norberto, de verdad, tengo mucha prisa –me levanté del taburete, terminé el café y le di otro bocado a la manzana-. Si te parece deja tu teléfono apuntado en la pizarra que hay en el recibidor y otro día te cuento a qué me dedico, qué busco en la vida, qué me gusta hacer…
- Ya sé lo que te gusta hacer –dijo él, pasando su mano por mi pecho.
- Esto lo hago por vicio, no por gusto.

A él se le escapó una carcajada y yo fui directo al recibidor. Agarré el mango de la puerta y le sonreí. Sin decir una palabra se acercó a mí miró a su derecha, cogió un rotulador que había sobre el mueble del recibidor y apuntó un teléfono móvil en la pizarra.

- Si no pones también tu nombre no sabré de quién es –le dije.

Me lanzó una mirada pícara que denotaba cierta irritación por la forma en que le estaba tratando, pero que a la vez dejaba claro que disfrutaba con aquél juego de cabrones. Terminó de abrocharse la camisa (adiós a esos abdominales perfectos) y se acercó a mí. Me cogió del paquete y me comió la boca.

- No creo que te olvides de mí

Abrí la puerta, él salió sonriéndome y cuando vi que llamaba al ascensor (hay que asegurarse de esas cosas, que luego pasa como en Alien y reaparecen cuando menos te lo esperas) la cerré.

- Eso dicen todos –dije yo, mientras abría el cajón del mueble que había bajo la pizarra y sacaba el borrador. Justo cuando borré el primer 6 del teléfono me quedé pensativo. Iba a guardar el teléfono. Al fin y al cabo unos abdominales así no se ven todos los días. Bueno, yo sí.

Una hora más tarde me había dado una ducha, había recogido un poco mi habitación (para que cuando viniera la asistenta no se muriera del susto al ver los condones por el suelo) y estaba en el sofá escribiendo algunos mails desde el Macbook Air que Jorge me había regalado por Reyes.
Entre todas las notificaciones de Facebook y los mails del Bakala, el Manhunt y no sé cuántas páginas más avisándome de que tenía mensajes nuevos, encontré un mail de Hugo. Entre un montón de insultos me contaba lo bien que se lo estaba pasando en Tenerife, donde estaba pasando unos días de vacaciones, y detallaba lo bien dotados que estaban los maricas tinerfeños. Me reí al ver las fotos absurdas que se había hecho en los locales de ambiente de la zona y le contesté como nosotros solemos hacerlo: insultándonos como perras.

Viendo las fotos y leyendo su mail me entró un poco de morriña. Mi vida había cambiado mucho en los últimos seis meses, todo gracias a Jorge. Y tenía suerte; porque estaba viviendo la vida que llevaba años queriendo vivir. Lo único malo es que había cierto aspecto que se resentía un poco: Raúl. No se llevaba bien con Jorge y no estaba demasiado contento con el estilo de vida que, según él, me había contagiado. Tanta fiesta, lujos y hombres no podían ser buenos; me decía. Y para que Raúl dijera eso es que mucha fiesta, mucho lujo y muchos hombres debían haber en mi vida.

Me acerqué al ventanal del salón para disfrutar de las vistas. El Paseo de Gracia en plena ebullición, la Barcelona más viva y colorida que había visto nunca; acostumbrado como estaba a mi antiguo piso, con unas magníficas vistas al platanero que había plantado delante de mi portal y, en invierno, al edificio de enfrente.

Sonreí. Ya encontraría la forma de arreglar las cosas con Raúl (y así llevaba ya tres meses, postergando una charla que me daba mucha pereza tener en aquel momento). Y mientras divagaba sobre mi vida actual y mi vida pasada sonó mi teléfono móvil. Me acerqué al sofá y miré la pantalla. Número privado. Por un momento estuve tentado de colgar, pero por algún extraño impulso contesté a la llamada.

- ¿Javi? –preguntó una voz muy familiar al otro lado de la línea-. Javi, soy Alberto.
- ¿Alberto?
- Sí, es que me he cambiado de número… es una historia muy larga… es que… bueno… al final no me he casado…
- Ah… ¿y te has cambiado de número para que tu ex no te localice?
- Algo así… pero oye, que es que me gustaría contarte todo… con calma…
- Pues me pillas en el trabajo, la verdad es que no tengo tiempo ahora…
- Estoy delante de tu casa.
Del susto corrí al ventanal, como si desde esa altura pudiera llegar a ver la calle. Y entonces me di cuenta de algo.
- ¿De qué casa?
- Pues de tu casa ¿cuántas casas tienes?
- Es que me he mudado –contesté, algo nervioso.
- ¿En serio? Pues vaya putada… ¿Y ahora qué hago?
- ¿Y qué coño haces en la puerta de mi casa? –pregunté.
- ¿Tú qué crees? Bueno ¿a dónde te has mudado?
- Ehm… bueno… es una historia muy larga.
- Pues parece que vamos a estar un rato entretenidos contándonos batallitas ¿no?
- Oye Alberto… no es que no me guste que me llames… osea… no sé… verás, es que estoy flipando un poco con todo esto.
- Pues imáginate yo, que hace dos días tenía que estar casándome en Huesca y aquí estoy, delante de la puerta de la que ya no es tu casa.
- Ya… ya… qué paranormal es todo ¿eh?
- Oye Javi… sé que no tengo derecho a pedirte esto pero necesito verte. ¿Podemos quedar?

Maldita la hora en la que contesté que sí.

Capítulo Veinte: La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad

Jorge me apartó suavemente y se sentó bien para seguir hablando.

- Cariño –me dijo, cogiéndome una mano- Cuando yo me fui a Madrid a vivir con Eduardo, era la persona más feliz del mundo. Y “feliz” implicaba “bueno”. Y “bueno” implicaba “permisivo” y “comprensivo”. Y se las pasé todas hasta que me dejó por uno de los mil tíos con los que se acostó mientras salía conmigo. Y encima mi jefe, que se había estado aprovechando de mi buena voluntad durante meses, me denegó un pequeño aumento cuando le expliqué que mi pareja me había dejado con una mano delante y otra detrás y además me acusó de haber bajado el rendimiento y me amenazó con echarme si no hacía más horas.
- Ya, eso ya lo sé.
- ¿Sabes cómo sobreviví?
- Te buscaste un curro en otro sitio y te pusiste a estudiar.
- No. Esto que te voy a contar no se lo he contado nunca a nadie. Lo que hice para salir de esa situación tan jodida fue coger las riendas de mi vida.
- A mí me hablas de coger las riendas y me imagino una orgía con jockstraps y mucho leather, tía.
- Pues no vas muy desencaminada… Me pasé toda una tarde llorando en casa, en el piso vacío que Eduardo me había dejado porque se fue a vivir con unos amigos suyos que decía que no le agobiaban y le dejaban vivir la vida que él quería. Yo por aquel entonces tenía un equipo de música del año de la picor que a veces se encendía solo y de repente, a las diez de la noche, oí que se ponía en marcha él solito y sonó LA canción.
- ¿Se encendía solo?
- Sí. Iba fatal.
- ¿No estaría poseído? Tía, que a lo mejor eres como la de Paranormal Activity y me has traído un demonio a casa. Tú por si acaso no te compres nunca una cámara de vídeo.
- Calla coño. Que te he dicho que sonó LA canción.
- ¿Cuál era?
- El Jump de Madonna.
- Cómo no.
- Y me di cuenta en ese momento de que estar ahí sentado llorando no iba a solucionar nada. Que seguir siendo el saco de boxeo del Universo no me había traído más que problemas, y que ya estaba bien de aguantar la mierda de los demás. Me bajé a la calle, me compré un paquete de tabaco…
- Pero si tú no fumas.
- Ya, pero no puedes ir a patear por Chueca a ritmo del Confessions sin llevar un cigarro en la mano. Y me paré en Vázquez de Mella a ver pasar a los maricas hasta que vi uno que me hizo gracia y no le quité la vista de encima. El tío me vio. Me sonrió. No le devolví la sonrisa. Sólo le miré. Se me acercó y me pidió un cigarro. Se lo di sin mediar palabra. Me preguntó “¿Por qué estás tan serio?” y le dije “Porque todos los problemas que tengo han empezado con una sonrisa”
- ¡Tía! ¡Pero si eso lo he pensado yo al final del anterior capítulo!
- El tío me dijo que tenía razón. Empezó a contarme que a él le pasaba lo mismo, que era muy amable con los demás y muy optimista y siempre le puteaban. A mí lo que me contaba me importaba una mierda no, lo siguiente así que le dije: “¿Has venido a pedirme el cigarro para que te psicoanalice o para que te eche un polvo?”. Me miró sorprendido y se quedó callado. Yo me levanté, le miré y le hice un gesto para que me siguiera. El tío ni se despidió de sus amigos y diez minutos después estábamos en mi piso. Me dijo que era activo, pero lo empotré contra la pared y me lo follé como nunca me había follado a nadie.
- Meri, yo sé que tú quieres decirme algo pero no te entiendo, no sé a dónde vas.
- Al día siguiente fui al trabajo. Yo seguía escuchando el Confessions. Entré en el despacho de mi jefe sin picar a la puerta. Le dije que se podía ir a la mierda y que si no me subía el sueldo me despidiera, pero que yo irme no me iba a ir, y que como se pasara de listo me iba a sanidad y le sacaba las vergüenzas.
- ¿Y lo hiciste?
- Se pasó una semana putéandome. Pero yo no hice ni una hora más de las que me tocaban. Como no me hizo ni puto caso, días después vino sanidad gracias a un soplo… anónimo… -dijo, señalándose a si mismo- y le clausuró el local por insalubre. Tuvo que pagar una multa de las que hacen época y se arruinó.
- Y tú te fuiste sin cobrar un duro.
- Morir matando nena.
- ¿Y el piso?
- Alquilé las dos habitaciones que tenía libres. Fíjate que yo estaba cagado de miedo por haber puesto el contrato a mi nombre cuando nos fuimos a vivir, pero al final realquilé a dos heteros que no se atrevían a soplarme por la mala leche que desprendía yo. A uno me lo follé. La casera me montó el pollo y le dije que los tres éramos pareja.
- Qué valor… ¿y tu ex?
- Apareció unas semanas después a buscar sus cosas. Pero fíjate, ya no estaban en el piso. Le dije que habían entrado a robar y que como vieron las cajas (que yo había preparado para dejar sitio a mis heteros) pues se las llevaron porque era lo más fácil. No se lo creyó.
- ¿Qué hiciste con sus cosas?
- Las dejé en la puerta de un convento. Como cuando te quedabas embarazada en el siglo dieciséis. Un amigo me contó que al gilipollas de Eduardo lo detuvieron por amenazar a un indigente que llevaba su cazadora D&G. 400 euros que le costó. Entre el paro y lo que me sacaba de los realquileres tenía para ir tirando. Estuve así un par de meses hasta que un día en una fiesta high-class a la que me invitó un amigo conocí a un señor de mucho renombre que me propuso echar un polvo en el baño. Lo hice. No me gustaba, pero el billete de 500 que me soltó al terminar me hizo sentir mucho mejor.
- Qué fuerte tía. ¿Te prostituiste?
- Si te gusta hacer algo y lo haces bien ¿por qué hacerlo gratis?
- Pues tienes razón.
- El tío se apuntó mi teléfono y me presentó a varios famosillos interesados en follar sin que se enteraran ni sus mujeres ni el Sálvame. Y de repente vi que podía echar a los heteros, pagarme el piso yo sólo y pasarme el día escribiendo en casa. Envié un artículo a un montón de revistas hasta que me contrataron en la que estoy ahora y ¡mírame!
- ¿Sigues siendo chapero?
- Yo no soy chapero. Yo soy acompañante. Tampoco es que tenga muchos clientes ¿eh? Con pocos y buenos me apaño. Muy bien, además. Y sé que no tendré problemas porque si me hacen alguna putada al día siguiente tienen a Jorge Javier en la puerta de su casa sacándoles las vergüenzas y a su mujer en el juzgado sacándoles la pasta.
- Tía… ¿qué ha sido del Jorge inocentón y medio alelado que dejé cuando te fuiste a Madrid?
- Sigue ahí. Una persona no puede cambiar de la noche a la mañana. Ni en dos años. Pero el Jorge bonachón que conociste antes de ir a Madrid sólo se lo presento a los que realmente se lo merecen. Y ahora mismo muy poca gente lo hace. Hoy en día no puedes ir por la vida siendo la Agrado, la gente se aprovecha de ti y te engaña y te manipula y te deja vacío por dentro y te trata como una mierda. Hoy en día hay que ser… un poco más… hija de bitch –y me guiñó un ojo.
- Ay tía no sé… yo no me veo siendo tan cabrón con los demás…
- Pero si ya lo eres. ¿Has llamado a los gemelos?
- No. De hecho ni me los cruzo en el ascensor.
- ¿Y sigues pensando en B?
- No.
- Y tu ex, Alberto, ¿qué?
- ¿Qué?
- ¿Tienes ganas de ir a la boda?
- ¿A la boda con el chocho? Ni de coña. Yo no me presento ahí ni borracho. Que seguro que le monto un cristo.
- Bueno, bien que te los montó él cuando estaba contigo ¿no?
- Sí, pero ahora ya no tenemos relación y no vendría a cuento montarle un numerito.
- Nena, sigues sin entenderlo. Cuando te digo que seas un poco más hija de bitch no me refiero a que montes planes maléficos para destrozar la vida de los demás. Has de ser muy sibilino. No quemes el coche de tu ex ni le hagas pintadas para sacarle del armario como queríais hacer con el exnovio de Hugo. Son los actos sutiles de desprecio los que hacen que la gente realmente te tema. Si les montas una escena les da igual, se apiadan de ti igualmente y te excusan con un “pobrecito, lo está pasando mal”. Tienes que ir a esa boda y ser el mejor invitado del mundo. Tienes que ser amable y simpático, tienes que ser cariñoso con él. Muy cariñoso. Y dejar a todos con la duda de quién coño eres tú y por qué sales tocándole el culo en esa foto tan rara que os han hecho junto a la puerta del baño.
- ¿Me estás diciendo que de verdad debería ir a esa boda?
- Te estoy diciendo que DEBERÍAMOS ir a la boda.
- ¿En serio?
- Nena. Tus amigos Raúl y Hugo no son una buena influencia. Son divertidos, son excéntricos, son muy putas. Y eso es fenomenal. Pero tú necesitas a tu lado a una hija de la gran puta con todas las letras y créeme, yo lo soy.
- Pero si tú vives en Madrid, ¿cómo vas a ser mi adláter maligno si vives a 500 kilómetros?
- Javi… vivo en Madrid porque me da la gana. No veo por qué no podría decirles a los de la revista que a partir de ahora mis artículos serán sobre Barcelona. Y por mis clientes no me preocupo, la mitad se pasan la vida en el puente aéreo y además por aquí también hay mucho famoso maricón armarizado.
- ¿Me lo estás diciendo en serio?
- Totalmente. En realidad hasta me hace ilusión. Hay cierto vestuario de cierto equipo de fútbol del que me han hablado maravillas…
-No me jodas que te tiras a algún futbolista. Nena no juegues con mis ilusiones que eso sí que sería muy cruel ¿eh?
- Pobrecico mío… cuánto tienes que aprender…

Y Jorge volvió a mirar la película y me abrazó aún más fuerte. Pasaron varios minutos de silencio. Básicamente porque yo pensaba que él iba a hablar pero no lo hacía.

- Nena, no me dejes con esta intriga coño, dime algo. Que a ver si te has pensado que esto es un capítulo de Mad Men y tú te vas a poner a mirar por la ventana y a dejar al espectador con la intriga.
- Javi… va a ser MUY divertido vivir contigo.


- ¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que me vas a decir?
- ¡Ay coño! Que quiero ver la película, hostia.
- ¡Pero dime qué va a pasar ahora! ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué? ¿Qué? ¡Dime algo!
- Anda, ve a la cocina y prepárame un cubata. Y ve haciendo las maletas porque nos vamos de esta mierda de piso. Tú y yo a vivir en un ático en el centro.
- ¿Un ático? ¿En el centro? ¿Y cómo lo pago, cariño?
- Tú eso déjamelo a mí. Que no tienes ni puta idea de cómo va a cambiar tu vida. Te vas a cagar.

Y así fue.
Pero eso ya os lo cuento otro día.

Capítulo Diecinueve: Una noche de alcohol y sexo como otra cualquiera

- No me puedo creer –dijo Raúl- que aún no nos hayas contado lo de los gemelos ni a mí ni a Hugo.
- ¿Y qué más da? ¿Qué se supone que te tengo que contar? –respondí yo. Dos preguntas para un reproche. Toma desconcierto.
- Pues joder, los detalles. Quién hizo de activo, quién de pasivo. Si hubo incesto o no hubo incesto… -continuó indagando Raúl.
- Mira, lo único que te voy a decir es que montarte un trío con dos gemelos es muy aburrido.
- ¿Aburrido? ¿ABURRIDO? ¡Es el sueño de cualquier marica que se precie! –me exclamó.
- Pues sí. Es aburrido. Te cansas de uno, te vas a por el otro ¡y es el mismo! Es como follar haciendo un bis constante.
- Eres una marica mala –dijo Raúl-. Pero no de hacer maldades sino de mala praxis. Va a venir Pedro Zerolo a quitarte el carnet.
- A mí Pedro Zerolo me come el coño.

Hacía una semana que había ocurrido lo que había ocurrido. Y hacía una semana que no sabía nada de ninguno de los dos gemelos. Paco y Manolo se habían esfumado. Imagino que lo de follarse al mismo tío por turnos no les parecía malo, pero cuando acabaron borrachos y algo colocados en mi cama rompiendo ciertos tabúes que habrían hecho que la redacción de Intereconomía se revolucionara más que si la Santísima Virgen del Pulpis se les apareciera en el pasillo que une Documentación con los baños y la Capilla (porque seguro que tienen una capilla, por el ahorro de tiempo que eso supone cada vez que vayan a confesarse) pues debieron sentirse un poco abochornados y dejaron de colarse en mi casa saltando por el patio y hasta me evitaban por la escalera.

Y a mí, plin.

Había ido a buscar a Raúl al trabajo para acompañarle a casa a cambiarse y luego largarnos a una de las fiestas del Circuit que se celebraba esos días en Barcelona. Mi amigo Jorge estaba en casa durmiendo la mona después de haberse pasado todo el día y toda la noche anterior en la piscina de la Isla Fantasía yendo de orilla a orilla, de hombre a hombre, de bícep a bícep.
Así que allí estábamos, en casa de Raúl, escuchando música de esa trance-house-happy-whotevah que no sabes cuándo acaba una canción y empieza la siguiente pero que a Raúl le encanta y aún no sé por qué; debió pillarse un colocón un día en The Loft y aún no se ha recuperado.
Es que Raúl tuvo su época súper chunga ¿sabes?

- ¿Y con Jorge qué? –preguntó Raúl, mientras se iba probando camisetas para esa noche.
- ¿Qué de qué?
- Pues ¿qué? ¿Os habéis liado?
- ¡Pero qué dices tía! Jorge y yo sólo somos amigos. Y yo no me lío con mis amigos.

Raúl me lanzó una mirada picarona.

- ¡Qué mentira! –me dijo.
- Oye, aquello fue hace mucho tiempo y tú y yo no éramos TAN amigos.
- No estaba pensando en nosotros…
- ¿Entonces?
- Qué malo es el alcohol que te hace olvidar ciertas cosas…
- Bueno mira, me da igual. No me he liado con Jorge. Ni me voy a liar. Con lo que yo le quiero.
- Yo quiero un trabajo como el suyo. Que le pagan el viaje y una pasta por escribir un artículo sobre un festival de maricones tan lleno de tópicos en si mismo que podría escribirlo desde Arganda de Duero y quedarle igual de bien.
- Bueno meri, pues date prisa que quiero llegar pronto para elegir bien al tópico que voy a tirarme esta noche.
- Qué a saco ¿no?
- Desde que me tiré a mis queridísimos géminis estoy a palo seco, y eso no podemos consentirlo.

Unas horas después, allí estábamos. Raúl y yo, en la barra de la Martin’s. No sabíamos cómo habíamos cometido ese error en nuestro planning del Circuit. Dábamos por hecho que la fiesta de esa noche era en el DBoy pero resultó que no, que era en la Martin’s. Y además era una fiesta especial Osos y aquello estaba lleno de señores de mediana edad (y cuando digo “mediana edad” quiero decir “muy mayores”) sin camiseta y, lo que es peor, algunos de ellos vestidos de cuero.

- Dime nena –me gritó Raúl- ¿a cuál de estos tópicos piensas tirarte?
- Meri, esto no son tópicos. Son versos extraídos de los manuscritos del Mar Muerto.
- ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos?
- Ah no no no. Yo no me pierdo el espectáculo.

Y por “espectáculo” me refería a Jorge. ¿Os acordáis de que os dije que era un tiarrón atractivo que desprendía belleza por todos sus poros y por el que cualquier bebería los vientos? Bueno, pues espero que nadie le vea jamás como le estábamos viendo: sin pantalones, con la camisa abierta, dándose el lote con dos bears de manual (ya sabes, los de bigotón y ropa de cuero) en el escenario de la discoteca mientras de fondo sonaba no sé qué mierda de Rebeka Brown.

- Con lo formalito que parecía ¿eh? –le dije a Raúl.
- Sí. Son los peores –me dijo él-. Por cierto ¿qué sabes de B?
- ¿De quién?
- De B.
- ¿De quién?
- ¡¡De B!!
- ¿De quién?
- Ok, ya lo capto. Oye, que me ha dicho Hugo que somos unas zorras por salir sin él.
- Y saliendo con él también lo somos, no sé a qué viene que a hora la tonta ésta se ponga a soltar obviedades.
- Pues la tonta ésa lleva unos días como loca.
- ¿Y eso?
- Porque le han metido a un compañero nuevo en el trabajo y se ve que el tío está tremendo y le hace ojitos.
- ¿Ojitos? ¿Cómo lo que te está haciendo aquel caballero del fondo?

Raúl se giró disimuladamente para mirar al hombre que había al fondo de la sala. Un señor de unos 50 años, vestido con tejanos y chaleco de cuero y con una prominente panza (sí, he escrito “panza” pero es que el término “barriga” no sirve para describir al octavo pasajero) levantaba la cerveza y le guiñaba un ojo a Raúl.

- Cuando dices “caballero” –me comentó- lo dices en plan medieval ¿verdad?
- Por supuesto. Ése hombre que tú ves ahí, que parece tan galante, fue en realidad un gran duelista en la corte de Luis XVI. –respondí.
- Mira nena, mi madre me dijo una vez que si sales de fiesta y hablas de Luis XVI es señal de que la cosa va mal.
- ¿En serio eso te lo dijo tu madre?
- Es que es muy moderna ¿sabes?
- Vámonos a Arena anda.

Terminamos nuestras copas de un trago, eché un último vistazo a Jorge (aquello ya estaba a punto de convertirse en una escena de una de Falcon) y nos fuimos hacia la puerta. Esquivé las miradas de más de uno (y de dos… y de tres…) personajes de película de Tim Burton que nos seguían con la mirada… y entonces… ocurrió.

Si has visto Sexo en Nueva York más de una vez seguro que sientes un escalofrío cada vez que ves la escena en que Carrie y Mr. Big se encuentran por primera vez; cuando tropiezan en plena calle, a Carrie se le cae el bolso y se le salen un montón de condones.

Pues si toda esta historia tiene un momento como ése, acababa de ocurrir.

Yo iba mirando hacia atrás, compartiendo miradas cómplices y algo cabronas con Raúl y cuando volví a mirar al frente topé con él. Derramé parte de su cubata sobre su camisa y él se apartó riéndose mientras yo le miraba con cara de cabreo y le insultaba por ponerse en medio. Entonces me di cuenta de que no entendía una mierda de lo que estaba diciendo porque aquel hombre no hablaba ni papa de Español.
Se llamaba…



… no, no es que quiera añadirle tensión al relato. Es que de verdad no me acuerdo. Y te preguntarás ¿en serio éste es el momento en que Carrie conoce a Big si ni siquiera te acuerdas de su nombre? Sí.

Porque Carrie conoció ese día al hombre que, poco a poco, lo cambiaría todo. Y yo también. Sólo que el mío no lo cambió poco a poco, lo cambió en una semana.

El Americano (así lo recordaré por los siglos de los siglos) era el hombre perfecto: cuerpo de infarto, sonrisa impresionante, mirada penetrante, decía “yisus” y “fac yea” mientras me follaba, y no decía NADA MÁS.

Tras un ligero tonteo en aquella escalera llena de súcubos infernales, el americano me llevó a su hotel (que no era el Axel) donde estuvimos follando durante varios días. Me llevó a todas las fiestas del Circuit y como se había comprado no sé qué coño de paquete VIP teníamos entradas gratis, barra libre y estábamos rodeados de los tíos más buenos que había visto nunca. Y lo mejor: ninguno hablaba español así que ninguno me traería problemas. Hicimos tríos, cuartetos y hasta la Filarmónica de Praga. Toda una gama de operetas, himnos y sinfonías con las que sólo había llegado a soñar en mis noches más solitarias.

Unos días después se despidió de mí para continuar su tour veraniego por el Mediterráneo. Se iba a Ibiza. Me ofreció irme con él pero a mí lo de Ibiza me daba una pereza tremenda, así que nada.

Cuando volvía a casa (como cuatro o cinco días después del inicio de este capítulo –toma elipsis temporal-) encontré a Jorge sentado en el sofá, viendo La Boda de mi Mejor Amigo. Era nuestra película favorita.

Me senté a su lado y nos miramos un instante. Él se había hartado de Circuit, se había tirado a tantos tíos que ni se acordaba, se había bebido hasta el agua de la condensación de los conductos de ventilación y se lo había pasado de puta madre. Yo me había pasado media semana de fiesta en fiesta y de ahí al hotel, viviendo una de las experiencias sexuales más brutales de mi vida.

Así que me recosté sobre él, que me abrazó en el momento en que Rupert Everett comenzaba a cantar el “I say a little prayer for you”.

Me fijé en que El Americano tenía un cierto aire a Everett (pero era mucho más guapo) y entonces me di cuenta de todo.
Y he aquí el motivo por el que El Americano es mi Mr. Big.
Fue viendo la sonrisa de Everett y comparándola cuando comprendí que todos los problemas por los que había pasado últimamente, habían comenzado con una sonrisa.

Mario no habría destrozado el corazón de Hugo si éste no le hubiera sonreído cuando se conocieron en aquella fiesta de cumpleaños. Yo no habría sido invitado a la boda de mi ex con una chica si no le hubiera sonreído cuando le decía que lo mejor era que viviéramos nuestras vidas por separado. No habríamos pasado por el casi-drama del juicio por el accidente si al bajarnos del coche no hubiéramos sonreído a Mario y su “novia”. No habría tenido las dudas que tuve con lo de B si no le hubiera sonreído al llegar a casa y encontrármelo con La Peligros (ni cuando les vi en el restaurante, ni cuando hablé con él post-ruptura, ni todas esas veces en que le había sonreído). No habría vivido el follón de los gemelos si no les hubiera sonreído el día que se mudaron.

El Americano me contó que no se habría fijado en mí si no hubiera demostrado mi “sangre española” (sí, os juro que usó esa expresión) al chocarme con él; que le excité al verme con cara de mala hostia.

- ¿Sabes una cosa, Jorge? –le dije.
- ¿Qué? – preguntó, mientras me acariciaba el pelo.
- Que tenías razón.

Me incorporé para mirarle a los ojos.

- ¿Sabes eso que siempre me dices en los mails que nos mandamos?
- ¿Lo de que algún día acabaremos tiradas en una cuneta y cuando nos hagan la autopsia surgirán tantas sustancias estupefacientes que el forense se pillará un colocón de escándalo?
- No, lo de que tengo que dejar de ser tan reina del drama y ser un poco más hijo de puta.
- Ah eso… Sí ¿qué?
- Pues eso, que tienes razón.
- Javi… si no recuerdo mal hace como un año llegaste a esa misma conclusión con tus amigos y, que yo sepa, lo único que has hecho ha sido LO MISMO que haces siempre.
- Pero he dicho más tacos.
- Ah bueno, eso es un comienzo. Pero te voy a contar algo que no te he contado nunca y que creo que necesitas saber.

Yo fruncí el ceño y le miré ¿era posible que Jorge, a estas alturas de la vida, aún me guardara secretos?

Capítulo Dieciocho: DUPLICITY

Mientras Manuel se metía mi polla en la boca y empezaba a hacerme una mamada yo cogí el iPhone y miré la pantalla para leer la notificación del mensaje de B.
- Mierda –dije
- ¿Qué?
- Acaba de llegarme un mensaje que puede cortarme el rollo.
- ¿Qué dice? – preguntó Manuel, y volvió a lo suyo.

Abrí el Whatsapp y esperé a que cargara la aplicación y ahí estaba, el mensaje completo:
“Te quiero pedir un favor. Me voy a ir unos meses de viaje por Estados Unidos y había pensado que podrías cuidarme el ficus. Ya me dirás algo.”

- ¡Menos mal! – exclamé.
- ¿Qué pasa?
- Nada nada, tú sigue -y dejé que mi mente totalmente en blanco para disfrutar del sexo oral que me estaban practicando.

Sí, así era. B, el follamigo del que me estaba medio enamorando y al que le había dicho que me dijera a dónde nos llevaba esa especie de relación de adolescentes que habíamos llevado las últimas semanas me avisaba por Whatsapp de que se iba a ir unos meses de vieja por Estados Unidos.
Vamos, que no me lo podía dejar más claro. Jorge tenía toda la razón del mundo: estos tíos no están hechos para que te enamores de ellos así que no lo iba a hacer.
Este momento de lucidez en el que te das cuenta de algo tan transcendnte y tratas de que tu vida se adapte a ello suele ser algo muy complicado de aceptar y asumir. Pero cuando tienes a un maromo como Manuel a cuatro patas delante de ti esperando que te lo trinques, se hace todo mucho más sencillo.

Diez minutos después (sí, sólo diez ¿QUÉ PASA?) salíamos de la habitación directos a la ducha. Jorge estaba en el cuarto de invitados instalándose cómodamente así que no nos vio pasar en pelotas por el pasillo para meternos en la ducha. Y justo cuando iba a entrar en el baño, sonó el timbre de la puerta.
- Métete en la ducha –le dije a Manuel- que ahora voy yo.

Me enrollé una toalla a la cintura y fui a abrir. Jorge asomó la cabeza en el umbral de su puerta, sólo quería saber quién llamaba.
Miré por la mirilla y sólo pude decir:
- No me lo puedo creer.

Abrí la puerta y allí estaba. Paco. Fran. Francisco. El otro gemelo. El hermano de Manolo. Manuel. Mi polvo.

- Hola –dijo, tímidamente. Éste era el gemelo que se pasaba el día jugando a la consola sin salir de casa.
- Hola –respondí.
- ¿Está aquí mi hermano?
- Pues… no… lo sé… -respondí yo.
- ¿No lo sabes? –preguntó él y clavó su mirada en la cabeza de Jorge que desapareció tras el marco de la puerta con una sonrisa maliciosa. Sí, ya te he dicho que eran gemelos.
- Pues… es que no sé si decirte que sí o que no ¿sabes?
- Si es porque te preocupa que me entere de que os acostáis, puedes estar tranquilo que ya lo sé.
- ¡Ah coño! Entonces pasa, que está en la ducha.

Fran. Paco. Francisco. El otro gemelo (tengo que empezar a decidir ya sus nombres definitivos) entró en casa y yo cerré la puerta tras de mí. Él fue directo al salón (imagino que la distribución de su piso es muy parecida a la mía) y se quedó allí, esperando.

- ¿Tú también ibas a ducharte? –preguntó, mirándome.
- Pues… sí –contesté.
- Con él.
- Sí, con él.
- Porque acabáis de follar ¿verdad?
- Hombre… pues…
- ¡SÍ! –gritó Jorge desde su habitación.
- Jajajajaja –disimulé una risa para rebajar la tensión del momento.

De repente la puerta del baño se abrió de golpe y en el umbral apareció Manuel, desnudo. Miró hacia mí (desde donde estaba no podía ver a su hermano) y se me acercó.

- ¿Vienes o qué?
- Eeeeeh… bueno… esto… es que mira quién ha venido.

Manuel entró en el salón y se quedó mirando a su hermano.
- ¿Tú qué haces aquí? – le preguntó.
- Eso quiero saber yo –respondió Fran.
- Pues ya ves –dijo Manuel, señalándome.
- Eres un cabrón –respondió Fran.
- ¿Por? –contestó Manuel.
- ¡Porque hoy me tocaba a mí! –espetó Fran.

En ese punto de la discusión yo ya tenía los ojos como platos. Jorge apareció de repente en el pasillo y vino caminando hacia el salón.
Hubo un tenso momento de silencio en el que yo me mantuve con mi boca abierta, Fran y Manuel se irradiaban ira y Jorge, directamente, estalló en una carcajada.

- ¡Nena! –me gritó, mientras me dalba palmaditas en la espalda-. ¡Que te estás acostando con los dos!
- No no no no no no no no –dije yo-. No lo entiendo.
- Verás Javi –comenzó a explicar Manuel-. La primera noche que vinimos a tu casa…
- ¿Qué? –pregunté yo-. ¡No te pares coño! ¡Sigue explicando!
- Es que tu amigo… no para de mirarme.

Efectivamente, Jorge estaba embobado mirándole el rabo a Manuel.

- ¡Nena! –le grité-. ¡Compórtate que has visto muchas de esas!
- Uy… si yo te contara –contestó Jorge.
- Bueno, el caso es que –siguió Manuel- después de acostarnos la primera vez fui a casa y se lo conté a Fran, porque tenemos muy buen rollo ¿sabes?
- ¡Claro tía! –le grité a Jorge, que para algo estaba ahí- ¡Es que tienen muy buen rollo! ¿Sabes?
- El caso es que –continuó Fran- a mí me gustas desde el primer día que te vi y le dije a Manuel que ya le valía porque yo quería pedirte para salir o algo.
- Qué mono –dijo Jorge- No sabía que la gente aún se pedía para salir.
- Y como me sabía mal por él –siguió Manuel- le dije que si quería intentarlo, que adelante.
- ¡Claro! Ya me extrañaba a mí que después del polvo vinieras a invitarme a cenar –exclamé.
- ¿Qué pasa nena? –preguntó Jorge-. ¿Nunca te invitan a cenar después de un polvo? ¿Tan mal lo haces?
- No nena, lo que pasa es que les doy datos falsos y los meto en el taxi tan rápido que no saben ni en qué calle están.
- Pero al final… no sé… nos dio morbo compartirte –dijo Fran.
- Claro, como si fuera yo una camiseta del Zara –dije, ofendido.
- Podría ser peor –dijo Jorge- Podría ser una camiseta del Primark, tía.
- El caso es que te lo queríamos decir desde el principio pero nos daba miedo que te enfadaras –dijo Manuel.
- Lo siento Javi –dijo Fran- de verdad que lo siento. Pero es que tenía que decírtelo ya.

Durante unos instantes me sentí dolido. Dos hombres habían estado jugando conmigo ¡a mis espaldas! ¡Me habían tratado como a un juguete!

- Oye pero… una pregunta –dijo Jorge- ¿Los dos sois gays?
- Sí –dijo Fran.
- No –dijo Manuel.

Los tres miramos a Manuel con la ceja levantada.

- Yo soy bi –dio él.
- Bidimensional, cariño –dije yo- pero si eres una pasivorra de cuidado.
- ¡Sabía que eras pasivo! –gritó Fran.
- ¡Vete a la mierda, enano! –y Manuel se lanzó sobre Fran y empezaron a pelearse sobre mi sofá.

Jorge y yo no perdíamos detalle. Dos gemelos (uno de ellos desnudo) se peleaban en mi sofá.

- Tía, me estoy empalmando –dijo Jorge.
- ¡Oye! ¡Vale ya! –les grité a los gemelos, que se pararon en seco y me miraron fijamente, inmóviles, como una estatua renacentista de mármol blanco.- Mirad, voy a la ducha. Cuando salga… cuando salga hablamos.
Y dicho esto me di la vuelta, fui al baño, cerré la puerta y eché el pestillo. Me acerqué al espejo y miré mi reflejo fijamente.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué de repente todo estaba siendo tan extraño? ¿Qué se ha fumado el guionista de esta vida mía para que me pasen estas cosas?
La respuesta de B al ultimátum era una huida a Estados Unidos y me había estado tirando, sin saberlo, a los dos gemelos. Pero no a la vez. ¡Jo!

Y entonces me di cuenta de lo que tenía que hacer.

Salí del baño y mire a Manu.

- Tú. Métete en la ducha que aún no hemos acabado.

Miré a Jorge.

- Tú, decide dónde cenamos y qué plan tenemos esta noche.

Miré a Fran.

- Tú, ¿te apuntas a cenar y a salir con nosotros?

Y con los tres mirándome sin saber cómo reaccionar fui a la habitación, cogí el móvil y le contesté a B:

“Lo siento. Desde que vi El Incidente que no quiero estar a menos de 2 metros de una planta. Déjale tu ficus a otro. Lo mismo me pasa con los fantasmas desde que vi Casper. Además en esta casa no cabe más gente ya. Saludos a Obama.”

Capítulo Diecisiete: Welcome Back

Habían pasado ya dos años desde que Jorge se fue a vivir a Madrid. Dos años que se me habían pasado volando y en los que realmente no le había echado demasiado de menos. Al fin y al cabo hoy en día, gracias a Facebook, Twitter y demás, es imposible no mantener el contacto.
De hecho Jorge y yo nos escribimos mails cada dos o tres días explicándonos cualquier cosa que nos hubiera pasado.
Y ahora ahí estaba yo, en la estación de Sants, esperando a que llegara el AVE de las 19:30 en el que venía él.

Jorge era mi mejor amigo del instituto. Un chulazo de escándalo (con el que sí, tuve un rollo que no llegó a nada y milagrosamente no afectó a nuestra amistad) con el que compartía absolutamente todo; hasta que un día harto de aburrirse en Barcelona se lió la manta a la cabeza y se largó a Madrid a conocer a un novio que se echó por Internet y acabó viviendo allí. Sin el novio, porque lo dejaron a las dos semanas de conocerse en persona, pero más feliz que unas castañuelas.
Durante estos dos años Jorge había conseguido trabajar en la redacción de una revista de hombres muy hombres (a pesar de lo tremendamente marica que es) escribiendo artículos sobre las mejores fiestas de la ciudad (de las que, por supuesto, no se perdía ni una); tenía un blog que había revolucionado la mitad del mundo marica cibernético tal y como lo conocemos (por su mala leche a la hora de hablar de todas sus amigas famosillas); había colaborado en un par de programas de la peor televisión que te puedes echar a la cara (la que le gusta a todo el mundo, vamos). Su próximo proyecto era escribir una novela.

En parte somos lo puto peor porque a pesar de considerarle una de las personas más importantes de mi vida, ninguno de los dos habíamos movido ni un dedo en todo este tiempo para vernos. Él no tenía nada que le hiciera volver a Barcelona ni siquiera en Navidad y a mí no me apetecía nunca viajar a Madrid. Pero nos daba igual, para nosotros los mails kilométricos, las llamadas en plena borrachera o los Twits con insultos varios eran suficientes.

Cuando le vi aparecer entre la multitud que se bajaba del AVE me impresionó lo tremendamente buenorro que estaba. Bueno, Jorge siempre ha estado muy bueno, pero ahora tenía algo especial: no sólo era guapo y tenía cuerpazo, es que irradiaba belleza. Era inevitable que todo el mundo se le quedara mirando y era inevitable que, al abrazarme, todo el mundo pensara una de estas dos cosas:

- Vaya par de maricones
o
- ¿Qué hace un chulazo como tú con un matao como éste?

- Tía, tía, tía, qué ganas tenía ya de verte –dijo él.
- Aún no me puedo creer que estés aquí, la verdad –dije yo, acompañándole a la calle para coger un taxi.
- Pues ¡aquí estoy! ¡De vuelta en la ciudad condal! Qué ganas tengo de pisar la playa.
- Qué ganas tienes de pisar el Circuit maricón, no me engañes.
- Sí bueno, eso también. Me voy a HINCHAR.
- Menos lobos, Paranoika.

Salimos de la estación por el lado contrario a la parada de taxis y caminamos unos metros por la calle Tarragona para coger un taxi libre. Que el que hace cola en Sants entre guiris y abuelas es porque quiere perder tiempo y pagar el recargo. Le di la dirección de mi casa (porque evidentemente mi amigo se iba a quedar allí estos días) al taxista y Jorge tardó cero coma en sacar el tema. No me dio ni tiempo a acostumbrarme a tenerle a mi lado.

- Bueno ¿ya te ha contestado?
- Todavía nada. Lleva todo el día Offline en el Grindr y ni me ha llamado ni me ha mandado un mensaje ni nada de nada.
- Ya te dije yo que un ultimátum no iba a funcionar con él, no es de esos.
- Pero si no le conoces de nada, qué coño vas a saber cómo es.
- Coño, porque no le conozco a él pero conozco a los tíos como él. Son muy majos, muy divertidos y super agradables; se encoñan con facilidad y además son el tipo de tío que te vuelve loco pero NO QUIEREN NADA SERIO.
- Pero si es que yo no le he pedido nada serio.
- Espera ¿cómo era lo que le dijiste? Ah sí: “B, necesito saber si esto va a alguna parte…” Eso a mí me suena a algo serio.
- A mí también –dijo el taxista.
- ¿Ves? –dijo Jorge.
- ¡Oiga! –exclamé-. ¿De verdad os lo parece?
- Sí –dijeron los dos.
- Pues fíjate… yo no me refería a eso… osea, yo no veo a B como mi novio ni nada por el estilo… que yo ahora no quiero un novio… ¡pero si me estoy follando a mi vecino el gemelo, que está tremendo!
- Por cierto, que a ése me lo tienes que presentar que quiero ver si de verdad está TAN BUENO como dices. Pero no cambiemos de tema: quieras un novio o no tú aún no has superado tu men-o-pausia y le has asustado –continuó Jorge.
- Que no se ha asustado, que él a veces hace estas cosas.
- ¿El qué? ¿Ignorarte porque le has dicho algo a lo que no se atreve a contestar?
- No. Mira tía, lo que yo tenga o deje de tener con B es una cosa mía…
- Pues si es una cosa tuya no nos lo cuentes a los demás, haz como que no pasa nada y no nos meteremos. Pero como tú si no lo cuentas es como si no te hubiera pasado pues te jodes y aguantas lo que te tengamos que decir. ¿A que sí? – le preguntó al taxista.
- Mi mujer es igual –respondió el hombre-. Se pasa el día criticando a sus amigas y cuando le digo que haga algo y deje de quejarse me dice que yo no me meta.
- Si es que no hay quien las entienda –dijo Jorge.

Al poco rato el taxi se paró delante de mi casa. Yo conseguí manejar la situación con inteligencia y sacar temas de conversación totalmente banales que entretuvieran a Jorge y a su nuevo mejor amigo taxista para evitar exponer mi situación personal ante un completo desconocido que parecía estar dispuesto a aconsejarme exactamente todo lo que tenía que hacer para conseguir que B me respondiera al ultimátum sin salir perjudicado.
Lo curioso del tema es que yo no consideraba haberle dado ningún ultimátum a B. Habían pasado ya unas semanas desde que dejó a La Peligros y me dijo que pensaba mucho en mí, y habíamos quedado varias veces para ir a tomar algo, para salir de fiesta y para follar, pero sin sacar nunca el tema; entre otras cosas porque yo estaba totalmente descolocado por sus reacciones. Mira que yo he visto muchas cosas en el mundo gay pero me sorprendía que un tío dejara a su novio, me dijera “pienso mucho en ti” y luego se fuera a follarse a un turco, un búlgaro, un rumano, un rubio, un moreno, dos pelirrojos, un sueco, tres italianos, dos menores y un negro con una polla que casi le desencaja la mandíbula. Sí, me lo contó así de literal y sí, llevo la cuenta de los tíos con los que se acostado.
Y a todos esos sumadme a mí.

Pero claro, tampoco es que yo me haya cortado un pelo. Mis aventuras con Manuel, el gemelo, seguían adelante. De hecho estaba empezando a ser un poco agobiante porque el chaval se pasaba casi más tiempo en mi casa que yo. Sobretodo desde que descubrió que saltar desde su lavadero al mío era tremendamente fácil, que imagínate el susto que me di el otro día al llegar a casa por la noche y encontrármelo en pelotas en el sofá viendo la tele (susto por el que luego me compensó dos veces y una mamada).

De hecho esa faceta Spider-man que el chico había desarrollado era algo que Jorge y yo íbamos comentando mientras entrábamos en casa y menos mal que mi amigo ya estaba sobreaviso porque, efectivamente, estirado en el sofá como su madre lo trajo el mundo estaba Manuel.
Al verle Jorge soltó un suspiro y me dijo:
- Tía, no hacía falta que me compraras nada.

Manuel saltó corriendo del sofá y fue a la habitación a ponerse la ropa sin decir ni una sola palabra (ni gestos ni miradas apasionadas). A mí me dio la risa y tuve que ir a buscarle para presentarle a Jorge.

- No sabía que ibas a venir con alguien –dijo Manuel, subiéndose los boxers de Superman que su madre le había comprado en un H&M.
- Te dije que hoy venía mi amigo Jorge y que se quedará en casa unos días; así que no te me cueles en casa, que esto no es Siete Vidas y yo no soy Amparo Baró.
- Tú eres más Javier Cámara, nena –dijo Jorge, desde el sofá.
- Tú calla, borracha –le grité.
- ¿Entonces no vamos a poder follar? – preguntó Manu, poniéndose la camiseta.
- Sí, claro que vamos a poder follar. Es más, voy a invitar a Jorge a que se dé una ducha antes de ir a cenar –esto lo grité, para que me oyera desde el salón- y tú y yo vamos a echar un polvo ahora mismo.
- Tranquilos, por mí no os cortéis. ¿Va a venir tu amigo y vecino Spiderman a cenar con nosotros?

Yo miré a Manu, que se encogió de hombros y puso cara de “me suda la polla, si pagas tú voy” y contesté que sí. Él se subió al colchón y lo cruzó a cuatro patas hasta quedar justo delante de mí, empezó a bajarme la cremallera del pantalón y a comerme la polla por encima del slip.

- ¿Cuál es mi habitación, Javi? –preguntó Jorge.
- La del fondo a la derecha –le respondí.
- ¿No vas a venir a enseñármela, hija de la gran puta? – exclamó indignado.
- Ahora mismo no puedo –dije yo, mientras Manuel me sacaba la polla del boxer y empezaba a darle lametones-. Pero cómo eres de cerdo… -le susurré.
- Ok, no quiero saber que está pasando ahí dentro. Me voy a la ducha.
- Tómate tu tiempo –le gritó Manu a Jorge (obviamente sacándose mi polla de la boca).
- No sabía que los superhéroes eran tan putas -contestó Jorge.

Yo cerré la puerta del dormitorio y me quité toda la ropa. Al sacar el móvil del bolsillo y dejarlo sobre la mesita vi que en la pantalla del iPhone aparecía una notificación.

Alguien me acababa de hablar por el Whatsapp.

Era B.

“Mensaje de B: Te quiero…”

Capítulo Dieciséis: WTF!!??

Aquella mañana, cuando Manuel se fue a su casa (osea, cuando Manuel cruzó el descansillo y entró en su casa, mejor dicho) yo me quedé durante media hora en la cama dándole vueltas a la cabeza.

Recapitulé todo lo que había pasado últimamente y me di cuenta de que lo mío daba para el arco argumental completo de una temporada de Queer As Folk. Hace unos meses conocía HoneyB (para los amigos, B) un chico muy majo que me tiró los trastos vía Grindr y que se convirtió en un follamigo recurrente del que me estaba empezando a pillar. Pero cuidado, que no es que me estuviera enamorando; simplemente comenzaba a sentir esas ganas inexplicables de pasar tiempo a su lado para ver si realmente hay algo o no.

Cuando yo empezaba a sentir que sí, que había algo, B empezó a salir con La Peligros; probablemente la peor persona a la que robarle un novio. Porque si Iván (su nombre real) ya es peligroso de por si, imagínate si proyecta todo su odio hacia la misma persona.

Y mientras yo trataba de quedar con B para ver si lo suyo con La Peligros iba en serio y tratar de averiguar si todo lo que yo estaba sintiendo eran cosas mías o era cosa de los dos voy y me acuesto con uno de mis nuevos vecinos: los gemelos Paco y Manolo. O Fran y Manuel.
Y lo peor es que voy y me acuesto con el que menos pinta de gay tenía, lo cual ya me hacía presagiar que aquello no me iba a traer nada bueno.

Y efectivamente, nada bueno trajo.
Pero no adelantemos acontecimientos.

Tras darle vueltas y vueltas a la cabeza sobre todo lo que me estaba pasando conseguí quedarme dormido. Era sábado. Recibí un par de llamadas de Hugo y de Raúl que, imagino, querían preguntarme si iba a ir a la playa con ellos y, de paso, sonsacarme todo lo que pudieran sobre Manuel. Antes de darme la vuelta y seguir durmiendo llegué a la conclusión de que era mejor no contarles nada de lo que había pasado aquella noche, porque estas dos son muy escandalosas y seguro que me traían problemas.

Y me los trajeron.
Pero de verdad, no adelantemos acontecimientos.

Así que seguí durmiendo. Cerré los ojos y descansé. Para cuando desperté ya eran casi las cinco de la tarde y al ver el reloj me sentí como una mierda, como un parásito que había desaprovechado un buen día. Luego recordé que, técnicamente, el día había empezado a las 00:00 de la noche anterior y desde esa hora hasta ese momento exacto había aprovechado muy bien el tiempo.

Me quedé un momento estirado en la cama, sonriente. Cogí el iPhone y gracias a esa maravilla que es el Remote y el dejar el ordenador encendido las 24 horas hice que comenzara a sonar en mi iTunes una lista de reproducción que me hice un día llena de rock alternativo para momentos de subidón. Y empezó a sonar un grupo finlandés bastante poco conocido (y que ojalá siga así).

Abrí el Grindr. Por curiosidad. Porque en realidad no quiero nada con nadie de los que hay ahí. Bueno, con uno sí, pero desde que está con La Peligros ya no se conecta así que… Hasta esa mañana.
B se había conectado a eso de las 11 y me había dejado 10 mensajes.

“Sé q llevas tiempo qriendo qdar conmigo. Lo siento si parece q te rehuyo”
“Xo ya sabes cmo es Ivan”
“Si kieres podemos vernos esta tarde”
“Xq yo si q kiero”
“Bueno, en realidad es q necesito verte”
“Te lo iba a contar cuando te vea xo bueno, he dejado a Iván”
“No se, le he cogido mucho cariño xo no es lo q speraba”
“Y admas dsd la ultima vez q t vi no paro de pnsar en ti”
“Q xorrada, en vez de hablart x aki deberia llamarte, a lo mejor no lo lees nunca”
“Xo siempre me ha gustado escribirte x aki ;)”


Mi cara al terminar de leerlos era un poema. Pero uno de esos que no se entienden, de esos que parece que no se hayan escrito sino que alguien haya hecho un sorteo al azar de palabras y tal y como han salido del bombo las ha ido colocando y más tarde las ha publicado en un libro de portada marrón con una ilustración de un artista conceptual (que tampoco tiene ni puta idea de qué ha pintado) diciendo que todo es un compendio de poemas que hablan de la tristeza y la melancolía.
“Siento color de mieles en mis labios del dolor hiriente” o algo así.

Ayer por la noche le contaba a mis amigos lo mucho que me gusta B. Luego me lo encuentro con su novio, La Peligros, y me siento fatal. Y entonces, dando por hecho que lo mío con él era imposible, me acuesto con mi vecino. Y ahora resulta que poco después de encontrarme con B y con Iván; B dejó a Iván. Por mí. O eso me parecía entender. “…no paro de pensar en ti”
B no puede enterarse de que me acosté con Manu.

Mientras miraba la pantalla del iPhone intentando aclarar mis ideas, el circulito verde apareció bajo su foto: se acababa de conectar. Y no tardó ni un segundo en escribirme.

“Hola”
“Hola”
“Leiste lo q te puse?”
“Si”
“Perdona si me he pasado”
“Tranquilo”
“Pues… ¿qdamos?”
“Podemos tomar un café y charlar”
“O no…”
“Pasa algo?”
“No, no, perdona”
“Es q me acabo de levantar y estoy un pko empanado”
“Jajajajaja”
“Mucha juerga anoche?”
“+ o –“
“Hoy he visto a Raúl y Hugo en la playa”
“Me han dicho que no te fuiste solo a casa”
“;)”
“¿Estaba tan bueno como m han dixo?”

“Como para pedirles q me guarden un secreto”
“Jajajajajaja”
“Jajajajaja”
“Xo ¿lo estaba?”
“Sí”
“Q morbo.”
“Ya m lo presentarás”


WTF? ¿Ya me lo presentarás? ¿Pero no se supone que quiere quedar conmigo esta tarde para decirme que le gusto?

“Mmmm…”
“Q?”
“Voy a ducharme”
“Ok”
“Te veré luego?”
“No lo sé”
“Seguro q no te pasa nada?”
“No, no”
“Bueno, estoy un poco confuso”
“X?”
“Pues… no sé. Da igual.”
“Ok. Xo sabs q puedes confiar en mi y contarmelo”
“X aki será un follón. ¿A las 7 en Universitat?”
“Mejor a las 6. He qdado a las 7 y media”
“Bueno, voy un poco justo, intentaré llegar”
“Si no te va bien podmos qdar otro dia”
“Es q he conocido a un turco x aki q esta muy bueno y se va mañana de BCN”

WTF???????????

“X eso, q si kieres qdamos mañana mejor”
“Sí, mejor”
“Ok ;)”

Y se desconectó.

¿Sabes eso que te he dicho sobre el poema, y mi cara, y la falta de sentido de los sorteos de palabras? Pues en ese momento mi cara no era un poema.
Era una puta enciclopedia Larousse llena de palabras sorteadas.

Y SIN UNA PUTA ILUSTRACIÓN.

Capítulo Quince: La Penúltima

Cuando La Peligros entra a un restaurante suelen pasar varias cosas. La primera es que a alguien se le cae una bandeja. Sí, aunque estés en un restaurante japonés giratorio como el que estábamos nosotros, a alguien se le cae una bandeja. La otra es que los que la conocen, piden la cuenta. Aunque no hayan terminado.

Creo que nunca me he sentido más incómodo como en ese momento en que B e Iván vinieron a sentarse a nuestra mesa y Raúl les dijo que estábamos a punto de irnos, que habíamos pedido la cuenta. Era obvio que ni habíamos pedido la cuenta ni estábamos a punto de irnos, y La Peligros no se dio cuenta porque es muy simple para estas cosas pero B sí. Y la cara con la que me miró no me hizo sentir especialmente bien. Él sabía por qué nos íbamos. Bueno, por qué Raúl había decidido que nos íbamos.
Yo no tuve tiempo ni de presentarles, aunque en realidad eso era tarea de La Peligros.
Sin tener la cuenta en la mesa Hugo y Raúl ya estaban de pie junto a la caja esperando a que les cobraran mientras yo me despedía de la parejita feliz y, para mis adentros, me cagaba en todo.
Al ir a pagar sufrimos varias desgracias más (una bajada de tensión que hizo que se apagar el ordenador y tuviéramos que esperar a que se reiniciara, una chica que salía del baño y se resbaló y casi se abre la cabeza contra una mesa y una lata de Coca-Cola demasiado agitada) pero por suerte salimos del influjo de La Peligros antes de que nuestra integridad física corriera peligro.

No habíamos caminado ni media manzana cuando me sonó el móvil. Me había llegado un mensaje de B que decía “Una pena q os hayais ido tan pronto. Me habria gustado charlar contigo”.

- Le gustas –dijo Hugo.
- Claro que le gusto, hemos follado ¿recuerdas? –contesté.
- Ya ves tú, como si follar con alguien hoy en día significara algo –contestó Raúl.
- Pues yo sólo me acuesto con gente que me gusta –dije yo.
- Ya, pero lo tuyo es en plan romántico –dijo Hugo-. No eres capaz de irte a la cama con alguien raro de ver.
- Es que para raras ya os tengo a vosotras –contesté.

Caminamos por Ronda Sant Pere hasta llegar a Plaza Cataluña.

- Oye ¿qué hacemos ahora? –preguntó Raúl.
- Yo me he quedado con hambre –dijo Hugo.
- Aunque hubiéramos estado en el restaurante seis horas, te habrías quedado con hambre –contestó Raúl.
- ¿Vamos a tomar algo? – pregunté.
- Es que es súper pronto – se quejó Hugo.
- Nunca es pronto si la priva es buena –dijo Raúl, haciendo honor a su educación de barrio (marginal).
- Pues vamos a la Penúltima nenas, que mi economía está perjudicada últimamente.

La Penúltima es un local muy majo y muy lleno de gente (bueno, a esa hora no) en el que te venden unos vasos de vermut por un par de euros y que te dejan fina. Vamos, que con lo que te cuesta un cubata en una discoteca allí te pones como Las Grecas, y en estos tiempos de crisis pues eso se agradece.
Allí estuvimos un buen rato charlando, riendo y saludando a los conocidos (que, como comprenderéis, eran unos cuantos).
Vimos a LaOmni (cómo no) y me disculpé por haberme ausentado en su cumpleaños alegando que es que había tenido que ir a una boda en Murcia. Ella, que además de omnipresente es omniprevisible, soltó lo de “¡qué hermosa ereh!” y se rió y se fue. Así, literal: se río y se fue. Tanto dar por culo con el cumpleaños de una tía que se ríe y se va, sin despedirse.

También estaba por ahí Luigi, que esa noche había dejado a su “sosio” (como dice él) a cargo del “ristoraaaaante” y que tenía unas ganas enormes de dejar de hablar con nosotros para irse a magrearse con el madurito interesante que le acompañaba.

Y entonces, entre risa y risa, le vi.

- No me lo puedo creer –dije.
- ¿Qué? ¿A quién has visto? –preguntó Hugo.
- No me jodas que es La Peligros otra vez –dijo Raúl.
- No, La Peligros no es porque aún no se ha incencidado el bar –contestó Raúl.
- Nenas, sentado al fondo, en la esquina, a la izquierda… camiseta azul; junto a una musculoca vestida de negro y un chocho de pelo largo… no os giréis… pero es uno de mis vecinos… ¡que no os giréis hijas de puta!

Era inevitable: las dos se giraron en el mismo momento en que mi vecino (fuera cual fuera de los dos) nos veía. Al principio debió hacerle gracia eso de que las maricas se giraran para mirarle de dos en dos (claro, que si te pones esa camiseta marcando pectorales pues es normal que te guste que te miren). Pero cuando me vio (y me reconoció) se le borró la sonrisa de la cara y empezó a ponerse nervioso.
Hugo y Raúl volvieron a mirarme.

- Eres la hija de puta con más suerte que conozco, zorra –dijo Raúl.
- Nena ¿pero ése hombre es de verdad? – preguntó Hugo.
- Pues el hermano es exactamente igual. IGUAL.
- Hala, como los gemelos de Bel-Ami ¿te imaginas que se la chupan el uno al otro cuando están solos?
- Uy no sé… no tiene pinta de gay –dije yo.
- ¿Hola? ¿Javi? Estamos en La Penúltima, aquí o eres gay o eres marica, no hay más opciones –dijo Hugo.
- Sí que las hay, no me seas estrecha –dije yo-. Aquí hay mucho hetero también ¿eh?
- Hombre, mucho mucho… -dijo Raúl.
- Bueno, alguno hay –dije yo.
- Sí, alguno puede… pero ya te digo yo que ése de hetero no tiene nada –dijo Hugo.
- ¿Y cómo lo sabes, lista? –pregunté.
- Pues porque sólo hay que mirarle. Osea. Sentado con una musculoca, con esa camiseta azul marcándole todo lo que se le puede marcar, y esa sonrisa picarona que ha puesto cuando ha visto que le mirábamos, vamos es que no es gay, es maricón perdío. Y ahora, por la cara que estáis poniendo, intuyo que está detrás de mí y ha oído toda esta conversación…

Y Hugo se giró lentamente para comprobar que sí, que mi vecino estaba justo tras él. De hecho hacía rato que yo le había visto levantarse para venir a saludar pero no quise estropearle el momento a Hugo, que siguió hablando para intentar disimular:

- En la que os estoy diciendo que éste chico es igualito, igualito que mi primo Chema, el del pueblo; que es maricón perdío.
- Hola Javi –dijo el vecino.
- Hola… - Uno, no me acuerdo de los nombres de los hermanos. Dos ¡son gemelos! ¡No puedo saber cuál es éste!
- Soy Manuel.
- ¡Eso! Es que no sabía si eras Manuel o… o… el otro. Jajajajaja – Ay chica, qué quieres, las tres copas de vermut me hacen estragos.
- Fran. Bueno, mi madre te lo presentaría como Paco. Es que le gusta más llamarle así.
- Eso, Paco. Y Manuel.
- O Manolo –dijo él.
- ¡Anda coño! ¡Como Paco y Manolo, los de las fotos! –dijo Raúl.

El gemelo 1 puso una cara así un poco rara y a Hugo y a mí nos dio la risa. En realidad no sé por qué, porque gracia gracia tampoco tenía, pero mira, estamos borrachas y nos reímos de lo que nos da la gana.
Le presenté a Manuel a las dos locas que iban conmigo; le dije, literalmente “las dos locas que te han devorado con la mirada hace un momento se llaman Hugo y Raúl” y ellos se rieron así con esa risa en plan “ay, qué chistoso eres pero qué hijadelagranputa, DESGRACIADA”.

Al poco rato habíamos entablado una agradable conversación entre los cuatro que se basaba en dos temas: lo bueno que está el vermut y el morbo de ver a dos gemelos montándoselo. Pero Manuel, que resultó que era más listo que el hambre, no acabó de decirnos si era gay o no ni si había hecho algo con su hermano o no. Era como preguntarle a alguien del PP si iba a dimitir algún miembro por lo del Gürtel: “Pues mire usted… ni sí… ni no… ni todo lo contrario”.
A la charla se sumaron los dos amigos que estaban con él: Carlos, la musculoca y Sara, la choni. Yo me hice muy fan de Sara la Choni (de hecho se lo dije “Me estoy haciendo muy fan de ti, Sara La Choni” así, con esa gramática mía). Eran un poco estirados pero como nosotros tres tenemos gracia natural pues nos daba igual que no se integraran en la conversación. Manuel, mientras tanto, siguió sin dar muestras de si era hetero, gay o todo lo contrario.
A las dos y pico Carlos y Sara decidieron que se iban a Arena. Hugo y Raúl decidieron que ellas no iban a salir, que al día siguiente querían playa. Manuel me miró y me preguntó: “¿Tú qué haces?” y yo, que quería irme de fiesta pero también quería playa y, sobretodo (tras unos cuantos vermuts más quería follarme a Manuel), respondí:
- Pues no lo sé… es que me iría con vosotros tres a Arena…
- No, yo no voy, me voy a casa que mañana curro –respondió él.
- Ah bueno, es que también quiero ir a la playa mañana así que mejor me recojo ya.
- Pues nada, nos vamos juntos ¡que somos vecinos! Jajajajaja.

Y nadie más se rió. Era hetero. Sin duda.
Nos despedimos todos y todas y nos dimos besos y saludos y algunos “agrégame al Faceboooooook” (que es lo que se dice ahora cuando quieres mandar a alguien a paseo de forma educada –como si tras tres frases en las que no me has dicho ni tu nombre fuera a tener datos suficientes para agregarte al Facebook ¿sabes?-) Manuel y yo comenzamos a caminar hacia la parada de metro.

Fuimos charlando pues de tonterías. De que si qué buen tiempo hace, que si cuánto hace que vives en ese piso, que si qué guay que salgamos por los mismos sitios así podemos recogernos si nos encontramos tirados en la escalera, que si corre que perdemos el metro, que si qué bien esto de tener la parada tan cerca de casa, que si cuidado no manches el suelo que la portera te mata, que si no es tan tarde y no tengo ganas de irme a dormir, que si vente a casa un rato y tomamos algo, que si mejor porque así no despierto a mis padres, que si nos tomamos la última, que si yo pensaba que eras hetero y no me ibas a besar, que si eres activo o pasivo, que si tienes lubricante, que si por quién me has tomado...

Y que si te quedas a dormir después de follarme o te vas a tu casa, que vives aquí enfrente.