Capítulo Diecinueve: Una noche de alcohol y sexo como otra cualquiera

- No me puedo creer –dijo Raúl- que aún no nos hayas contado lo de los gemelos ni a mí ni a Hugo.
- ¿Y qué más da? ¿Qué se supone que te tengo que contar? –respondí yo. Dos preguntas para un reproche. Toma desconcierto.
- Pues joder, los detalles. Quién hizo de activo, quién de pasivo. Si hubo incesto o no hubo incesto… -continuó indagando Raúl.
- Mira, lo único que te voy a decir es que montarte un trío con dos gemelos es muy aburrido.
- ¿Aburrido? ¿ABURRIDO? ¡Es el sueño de cualquier marica que se precie! –me exclamó.
- Pues sí. Es aburrido. Te cansas de uno, te vas a por el otro ¡y es el mismo! Es como follar haciendo un bis constante.
- Eres una marica mala –dijo Raúl-. Pero no de hacer maldades sino de mala praxis. Va a venir Pedro Zerolo a quitarte el carnet.
- A mí Pedro Zerolo me come el coño.

Hacía una semana que había ocurrido lo que había ocurrido. Y hacía una semana que no sabía nada de ninguno de los dos gemelos. Paco y Manolo se habían esfumado. Imagino que lo de follarse al mismo tío por turnos no les parecía malo, pero cuando acabaron borrachos y algo colocados en mi cama rompiendo ciertos tabúes que habrían hecho que la redacción de Intereconomía se revolucionara más que si la Santísima Virgen del Pulpis se les apareciera en el pasillo que une Documentación con los baños y la Capilla (porque seguro que tienen una capilla, por el ahorro de tiempo que eso supone cada vez que vayan a confesarse) pues debieron sentirse un poco abochornados y dejaron de colarse en mi casa saltando por el patio y hasta me evitaban por la escalera.

Y a mí, plin.

Había ido a buscar a Raúl al trabajo para acompañarle a casa a cambiarse y luego largarnos a una de las fiestas del Circuit que se celebraba esos días en Barcelona. Mi amigo Jorge estaba en casa durmiendo la mona después de haberse pasado todo el día y toda la noche anterior en la piscina de la Isla Fantasía yendo de orilla a orilla, de hombre a hombre, de bícep a bícep.
Así que allí estábamos, en casa de Raúl, escuchando música de esa trance-house-happy-whotevah que no sabes cuándo acaba una canción y empieza la siguiente pero que a Raúl le encanta y aún no sé por qué; debió pillarse un colocón un día en The Loft y aún no se ha recuperado.
Es que Raúl tuvo su época súper chunga ¿sabes?

- ¿Y con Jorge qué? –preguntó Raúl, mientras se iba probando camisetas para esa noche.
- ¿Qué de qué?
- Pues ¿qué? ¿Os habéis liado?
- ¡Pero qué dices tía! Jorge y yo sólo somos amigos. Y yo no me lío con mis amigos.

Raúl me lanzó una mirada picarona.

- ¡Qué mentira! –me dijo.
- Oye, aquello fue hace mucho tiempo y tú y yo no éramos TAN amigos.
- No estaba pensando en nosotros…
- ¿Entonces?
- Qué malo es el alcohol que te hace olvidar ciertas cosas…
- Bueno mira, me da igual. No me he liado con Jorge. Ni me voy a liar. Con lo que yo le quiero.
- Yo quiero un trabajo como el suyo. Que le pagan el viaje y una pasta por escribir un artículo sobre un festival de maricones tan lleno de tópicos en si mismo que podría escribirlo desde Arganda de Duero y quedarle igual de bien.
- Bueno meri, pues date prisa que quiero llegar pronto para elegir bien al tópico que voy a tirarme esta noche.
- Qué a saco ¿no?
- Desde que me tiré a mis queridísimos géminis estoy a palo seco, y eso no podemos consentirlo.

Unas horas después, allí estábamos. Raúl y yo, en la barra de la Martin’s. No sabíamos cómo habíamos cometido ese error en nuestro planning del Circuit. Dábamos por hecho que la fiesta de esa noche era en el DBoy pero resultó que no, que era en la Martin’s. Y además era una fiesta especial Osos y aquello estaba lleno de señores de mediana edad (y cuando digo “mediana edad” quiero decir “muy mayores”) sin camiseta y, lo que es peor, algunos de ellos vestidos de cuero.

- Dime nena –me gritó Raúl- ¿a cuál de estos tópicos piensas tirarte?
- Meri, esto no son tópicos. Son versos extraídos de los manuscritos del Mar Muerto.
- ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos?
- Ah no no no. Yo no me pierdo el espectáculo.

Y por “espectáculo” me refería a Jorge. ¿Os acordáis de que os dije que era un tiarrón atractivo que desprendía belleza por todos sus poros y por el que cualquier bebería los vientos? Bueno, pues espero que nadie le vea jamás como le estábamos viendo: sin pantalones, con la camisa abierta, dándose el lote con dos bears de manual (ya sabes, los de bigotón y ropa de cuero) en el escenario de la discoteca mientras de fondo sonaba no sé qué mierda de Rebeka Brown.

- Con lo formalito que parecía ¿eh? –le dije a Raúl.
- Sí. Son los peores –me dijo él-. Por cierto ¿qué sabes de B?
- ¿De quién?
- De B.
- ¿De quién?
- ¡¡De B!!
- ¿De quién?
- Ok, ya lo capto. Oye, que me ha dicho Hugo que somos unas zorras por salir sin él.
- Y saliendo con él también lo somos, no sé a qué viene que a hora la tonta ésta se ponga a soltar obviedades.
- Pues la tonta ésa lleva unos días como loca.
- ¿Y eso?
- Porque le han metido a un compañero nuevo en el trabajo y se ve que el tío está tremendo y le hace ojitos.
- ¿Ojitos? ¿Cómo lo que te está haciendo aquel caballero del fondo?

Raúl se giró disimuladamente para mirar al hombre que había al fondo de la sala. Un señor de unos 50 años, vestido con tejanos y chaleco de cuero y con una prominente panza (sí, he escrito “panza” pero es que el término “barriga” no sirve para describir al octavo pasajero) levantaba la cerveza y le guiñaba un ojo a Raúl.

- Cuando dices “caballero” –me comentó- lo dices en plan medieval ¿verdad?
- Por supuesto. Ése hombre que tú ves ahí, que parece tan galante, fue en realidad un gran duelista en la corte de Luis XVI. –respondí.
- Mira nena, mi madre me dijo una vez que si sales de fiesta y hablas de Luis XVI es señal de que la cosa va mal.
- ¿En serio eso te lo dijo tu madre?
- Es que es muy moderna ¿sabes?
- Vámonos a Arena anda.

Terminamos nuestras copas de un trago, eché un último vistazo a Jorge (aquello ya estaba a punto de convertirse en una escena de una de Falcon) y nos fuimos hacia la puerta. Esquivé las miradas de más de uno (y de dos… y de tres…) personajes de película de Tim Burton que nos seguían con la mirada… y entonces… ocurrió.

Si has visto Sexo en Nueva York más de una vez seguro que sientes un escalofrío cada vez que ves la escena en que Carrie y Mr. Big se encuentran por primera vez; cuando tropiezan en plena calle, a Carrie se le cae el bolso y se le salen un montón de condones.

Pues si toda esta historia tiene un momento como ése, acababa de ocurrir.

Yo iba mirando hacia atrás, compartiendo miradas cómplices y algo cabronas con Raúl y cuando volví a mirar al frente topé con él. Derramé parte de su cubata sobre su camisa y él se apartó riéndose mientras yo le miraba con cara de cabreo y le insultaba por ponerse en medio. Entonces me di cuenta de que no entendía una mierda de lo que estaba diciendo porque aquel hombre no hablaba ni papa de Español.
Se llamaba…



… no, no es que quiera añadirle tensión al relato. Es que de verdad no me acuerdo. Y te preguntarás ¿en serio éste es el momento en que Carrie conoce a Big si ni siquiera te acuerdas de su nombre? Sí.

Porque Carrie conoció ese día al hombre que, poco a poco, lo cambiaría todo. Y yo también. Sólo que el mío no lo cambió poco a poco, lo cambió en una semana.

El Americano (así lo recordaré por los siglos de los siglos) era el hombre perfecto: cuerpo de infarto, sonrisa impresionante, mirada penetrante, decía “yisus” y “fac yea” mientras me follaba, y no decía NADA MÁS.

Tras un ligero tonteo en aquella escalera llena de súcubos infernales, el americano me llevó a su hotel (que no era el Axel) donde estuvimos follando durante varios días. Me llevó a todas las fiestas del Circuit y como se había comprado no sé qué coño de paquete VIP teníamos entradas gratis, barra libre y estábamos rodeados de los tíos más buenos que había visto nunca. Y lo mejor: ninguno hablaba español así que ninguno me traería problemas. Hicimos tríos, cuartetos y hasta la Filarmónica de Praga. Toda una gama de operetas, himnos y sinfonías con las que sólo había llegado a soñar en mis noches más solitarias.

Unos días después se despidió de mí para continuar su tour veraniego por el Mediterráneo. Se iba a Ibiza. Me ofreció irme con él pero a mí lo de Ibiza me daba una pereza tremenda, así que nada.

Cuando volvía a casa (como cuatro o cinco días después del inicio de este capítulo –toma elipsis temporal-) encontré a Jorge sentado en el sofá, viendo La Boda de mi Mejor Amigo. Era nuestra película favorita.

Me senté a su lado y nos miramos un instante. Él se había hartado de Circuit, se había tirado a tantos tíos que ni se acordaba, se había bebido hasta el agua de la condensación de los conductos de ventilación y se lo había pasado de puta madre. Yo me había pasado media semana de fiesta en fiesta y de ahí al hotel, viviendo una de las experiencias sexuales más brutales de mi vida.

Así que me recosté sobre él, que me abrazó en el momento en que Rupert Everett comenzaba a cantar el “I say a little prayer for you”.

Me fijé en que El Americano tenía un cierto aire a Everett (pero era mucho más guapo) y entonces me di cuenta de todo.
Y he aquí el motivo por el que El Americano es mi Mr. Big.
Fue viendo la sonrisa de Everett y comparándola cuando comprendí que todos los problemas por los que había pasado últimamente, habían comenzado con una sonrisa.

Mario no habría destrozado el corazón de Hugo si éste no le hubiera sonreído cuando se conocieron en aquella fiesta de cumpleaños. Yo no habría sido invitado a la boda de mi ex con una chica si no le hubiera sonreído cuando le decía que lo mejor era que viviéramos nuestras vidas por separado. No habríamos pasado por el casi-drama del juicio por el accidente si al bajarnos del coche no hubiéramos sonreído a Mario y su “novia”. No habría tenido las dudas que tuve con lo de B si no le hubiera sonreído al llegar a casa y encontrármelo con La Peligros (ni cuando les vi en el restaurante, ni cuando hablé con él post-ruptura, ni todas esas veces en que le había sonreído). No habría vivido el follón de los gemelos si no les hubiera sonreído el día que se mudaron.

El Americano me contó que no se habría fijado en mí si no hubiera demostrado mi “sangre española” (sí, os juro que usó esa expresión) al chocarme con él; que le excité al verme con cara de mala hostia.

- ¿Sabes una cosa, Jorge? –le dije.
- ¿Qué? – preguntó, mientras me acariciaba el pelo.
- Que tenías razón.

Me incorporé para mirarle a los ojos.

- ¿Sabes eso que siempre me dices en los mails que nos mandamos?
- ¿Lo de que algún día acabaremos tiradas en una cuneta y cuando nos hagan la autopsia surgirán tantas sustancias estupefacientes que el forense se pillará un colocón de escándalo?
- No, lo de que tengo que dejar de ser tan reina del drama y ser un poco más hijo de puta.
- Ah eso… Sí ¿qué?
- Pues eso, que tienes razón.
- Javi… si no recuerdo mal hace como un año llegaste a esa misma conclusión con tus amigos y, que yo sepa, lo único que has hecho ha sido LO MISMO que haces siempre.
- Pero he dicho más tacos.
- Ah bueno, eso es un comienzo. Pero te voy a contar algo que no te he contado nunca y que creo que necesitas saber.

Yo fruncí el ceño y le miré ¿era posible que Jorge, a estas alturas de la vida, aún me guardara secretos?

Capítulo Dieciocho: DUPLICITY

Mientras Manuel se metía mi polla en la boca y empezaba a hacerme una mamada yo cogí el iPhone y miré la pantalla para leer la notificación del mensaje de B.
- Mierda –dije
- ¿Qué?
- Acaba de llegarme un mensaje que puede cortarme el rollo.
- ¿Qué dice? – preguntó Manuel, y volvió a lo suyo.

Abrí el Whatsapp y esperé a que cargara la aplicación y ahí estaba, el mensaje completo:
“Te quiero pedir un favor. Me voy a ir unos meses de viaje por Estados Unidos y había pensado que podrías cuidarme el ficus. Ya me dirás algo.”

- ¡Menos mal! – exclamé.
- ¿Qué pasa?
- Nada nada, tú sigue -y dejé que mi mente totalmente en blanco para disfrutar del sexo oral que me estaban practicando.

Sí, así era. B, el follamigo del que me estaba medio enamorando y al que le había dicho que me dijera a dónde nos llevaba esa especie de relación de adolescentes que habíamos llevado las últimas semanas me avisaba por Whatsapp de que se iba a ir unos meses de vieja por Estados Unidos.
Vamos, que no me lo podía dejar más claro. Jorge tenía toda la razón del mundo: estos tíos no están hechos para que te enamores de ellos así que no lo iba a hacer.
Este momento de lucidez en el que te das cuenta de algo tan transcendnte y tratas de que tu vida se adapte a ello suele ser algo muy complicado de aceptar y asumir. Pero cuando tienes a un maromo como Manuel a cuatro patas delante de ti esperando que te lo trinques, se hace todo mucho más sencillo.

Diez minutos después (sí, sólo diez ¿QUÉ PASA?) salíamos de la habitación directos a la ducha. Jorge estaba en el cuarto de invitados instalándose cómodamente así que no nos vio pasar en pelotas por el pasillo para meternos en la ducha. Y justo cuando iba a entrar en el baño, sonó el timbre de la puerta.
- Métete en la ducha –le dije a Manuel- que ahora voy yo.

Me enrollé una toalla a la cintura y fui a abrir. Jorge asomó la cabeza en el umbral de su puerta, sólo quería saber quién llamaba.
Miré por la mirilla y sólo pude decir:
- No me lo puedo creer.

Abrí la puerta y allí estaba. Paco. Fran. Francisco. El otro gemelo. El hermano de Manolo. Manuel. Mi polvo.

- Hola –dijo, tímidamente. Éste era el gemelo que se pasaba el día jugando a la consola sin salir de casa.
- Hola –respondí.
- ¿Está aquí mi hermano?
- Pues… no… lo sé… -respondí yo.
- ¿No lo sabes? –preguntó él y clavó su mirada en la cabeza de Jorge que desapareció tras el marco de la puerta con una sonrisa maliciosa. Sí, ya te he dicho que eran gemelos.
- Pues… es que no sé si decirte que sí o que no ¿sabes?
- Si es porque te preocupa que me entere de que os acostáis, puedes estar tranquilo que ya lo sé.
- ¡Ah coño! Entonces pasa, que está en la ducha.

Fran. Paco. Francisco. El otro gemelo (tengo que empezar a decidir ya sus nombres definitivos) entró en casa y yo cerré la puerta tras de mí. Él fue directo al salón (imagino que la distribución de su piso es muy parecida a la mía) y se quedó allí, esperando.

- ¿Tú también ibas a ducharte? –preguntó, mirándome.
- Pues… sí –contesté.
- Con él.
- Sí, con él.
- Porque acabáis de follar ¿verdad?
- Hombre… pues…
- ¡SÍ! –gritó Jorge desde su habitación.
- Jajajajaja –disimulé una risa para rebajar la tensión del momento.

De repente la puerta del baño se abrió de golpe y en el umbral apareció Manuel, desnudo. Miró hacia mí (desde donde estaba no podía ver a su hermano) y se me acercó.

- ¿Vienes o qué?
- Eeeeeh… bueno… esto… es que mira quién ha venido.

Manuel entró en el salón y se quedó mirando a su hermano.
- ¿Tú qué haces aquí? – le preguntó.
- Eso quiero saber yo –respondió Fran.
- Pues ya ves –dijo Manuel, señalándome.
- Eres un cabrón –respondió Fran.
- ¿Por? –contestó Manuel.
- ¡Porque hoy me tocaba a mí! –espetó Fran.

En ese punto de la discusión yo ya tenía los ojos como platos. Jorge apareció de repente en el pasillo y vino caminando hacia el salón.
Hubo un tenso momento de silencio en el que yo me mantuve con mi boca abierta, Fran y Manuel se irradiaban ira y Jorge, directamente, estalló en una carcajada.

- ¡Nena! –me gritó, mientras me dalba palmaditas en la espalda-. ¡Que te estás acostando con los dos!
- No no no no no no no no –dije yo-. No lo entiendo.
- Verás Javi –comenzó a explicar Manuel-. La primera noche que vinimos a tu casa…
- ¿Qué? –pregunté yo-. ¡No te pares coño! ¡Sigue explicando!
- Es que tu amigo… no para de mirarme.

Efectivamente, Jorge estaba embobado mirándole el rabo a Manuel.

- ¡Nena! –le grité-. ¡Compórtate que has visto muchas de esas!
- Uy… si yo te contara –contestó Jorge.
- Bueno, el caso es que –siguió Manuel- después de acostarnos la primera vez fui a casa y se lo conté a Fran, porque tenemos muy buen rollo ¿sabes?
- ¡Claro tía! –le grité a Jorge, que para algo estaba ahí- ¡Es que tienen muy buen rollo! ¿Sabes?
- El caso es que –continuó Fran- a mí me gustas desde el primer día que te vi y le dije a Manuel que ya le valía porque yo quería pedirte para salir o algo.
- Qué mono –dijo Jorge- No sabía que la gente aún se pedía para salir.
- Y como me sabía mal por él –siguió Manuel- le dije que si quería intentarlo, que adelante.
- ¡Claro! Ya me extrañaba a mí que después del polvo vinieras a invitarme a cenar –exclamé.
- ¿Qué pasa nena? –preguntó Jorge-. ¿Nunca te invitan a cenar después de un polvo? ¿Tan mal lo haces?
- No nena, lo que pasa es que les doy datos falsos y los meto en el taxi tan rápido que no saben ni en qué calle están.
- Pero al final… no sé… nos dio morbo compartirte –dijo Fran.
- Claro, como si fuera yo una camiseta del Zara –dije, ofendido.
- Podría ser peor –dijo Jorge- Podría ser una camiseta del Primark, tía.
- El caso es que te lo queríamos decir desde el principio pero nos daba miedo que te enfadaras –dijo Manuel.
- Lo siento Javi –dijo Fran- de verdad que lo siento. Pero es que tenía que decírtelo ya.

Durante unos instantes me sentí dolido. Dos hombres habían estado jugando conmigo ¡a mis espaldas! ¡Me habían tratado como a un juguete!

- Oye pero… una pregunta –dijo Jorge- ¿Los dos sois gays?
- Sí –dijo Fran.
- No –dijo Manuel.

Los tres miramos a Manuel con la ceja levantada.

- Yo soy bi –dio él.
- Bidimensional, cariño –dije yo- pero si eres una pasivorra de cuidado.
- ¡Sabía que eras pasivo! –gritó Fran.
- ¡Vete a la mierda, enano! –y Manuel se lanzó sobre Fran y empezaron a pelearse sobre mi sofá.

Jorge y yo no perdíamos detalle. Dos gemelos (uno de ellos desnudo) se peleaban en mi sofá.

- Tía, me estoy empalmando –dijo Jorge.
- ¡Oye! ¡Vale ya! –les grité a los gemelos, que se pararon en seco y me miraron fijamente, inmóviles, como una estatua renacentista de mármol blanco.- Mirad, voy a la ducha. Cuando salga… cuando salga hablamos.
Y dicho esto me di la vuelta, fui al baño, cerré la puerta y eché el pestillo. Me acerqué al espejo y miré mi reflejo fijamente.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué de repente todo estaba siendo tan extraño? ¿Qué se ha fumado el guionista de esta vida mía para que me pasen estas cosas?
La respuesta de B al ultimátum era una huida a Estados Unidos y me había estado tirando, sin saberlo, a los dos gemelos. Pero no a la vez. ¡Jo!

Y entonces me di cuenta de lo que tenía que hacer.

Salí del baño y mire a Manu.

- Tú. Métete en la ducha que aún no hemos acabado.

Miré a Jorge.

- Tú, decide dónde cenamos y qué plan tenemos esta noche.

Miré a Fran.

- Tú, ¿te apuntas a cenar y a salir con nosotros?

Y con los tres mirándome sin saber cómo reaccionar fui a la habitación, cogí el móvil y le contesté a B:

“Lo siento. Desde que vi El Incidente que no quiero estar a menos de 2 metros de una planta. Déjale tu ficus a otro. Lo mismo me pasa con los fantasmas desde que vi Casper. Además en esta casa no cabe más gente ya. Saludos a Obama.”

Capítulo Diecisiete: Welcome Back

Habían pasado ya dos años desde que Jorge se fue a vivir a Madrid. Dos años que se me habían pasado volando y en los que realmente no le había echado demasiado de menos. Al fin y al cabo hoy en día, gracias a Facebook, Twitter y demás, es imposible no mantener el contacto.
De hecho Jorge y yo nos escribimos mails cada dos o tres días explicándonos cualquier cosa que nos hubiera pasado.
Y ahora ahí estaba yo, en la estación de Sants, esperando a que llegara el AVE de las 19:30 en el que venía él.

Jorge era mi mejor amigo del instituto. Un chulazo de escándalo (con el que sí, tuve un rollo que no llegó a nada y milagrosamente no afectó a nuestra amistad) con el que compartía absolutamente todo; hasta que un día harto de aburrirse en Barcelona se lió la manta a la cabeza y se largó a Madrid a conocer a un novio que se echó por Internet y acabó viviendo allí. Sin el novio, porque lo dejaron a las dos semanas de conocerse en persona, pero más feliz que unas castañuelas.
Durante estos dos años Jorge había conseguido trabajar en la redacción de una revista de hombres muy hombres (a pesar de lo tremendamente marica que es) escribiendo artículos sobre las mejores fiestas de la ciudad (de las que, por supuesto, no se perdía ni una); tenía un blog que había revolucionado la mitad del mundo marica cibernético tal y como lo conocemos (por su mala leche a la hora de hablar de todas sus amigas famosillas); había colaborado en un par de programas de la peor televisión que te puedes echar a la cara (la que le gusta a todo el mundo, vamos). Su próximo proyecto era escribir una novela.

En parte somos lo puto peor porque a pesar de considerarle una de las personas más importantes de mi vida, ninguno de los dos habíamos movido ni un dedo en todo este tiempo para vernos. Él no tenía nada que le hiciera volver a Barcelona ni siquiera en Navidad y a mí no me apetecía nunca viajar a Madrid. Pero nos daba igual, para nosotros los mails kilométricos, las llamadas en plena borrachera o los Twits con insultos varios eran suficientes.

Cuando le vi aparecer entre la multitud que se bajaba del AVE me impresionó lo tremendamente buenorro que estaba. Bueno, Jorge siempre ha estado muy bueno, pero ahora tenía algo especial: no sólo era guapo y tenía cuerpazo, es que irradiaba belleza. Era inevitable que todo el mundo se le quedara mirando y era inevitable que, al abrazarme, todo el mundo pensara una de estas dos cosas:

- Vaya par de maricones
o
- ¿Qué hace un chulazo como tú con un matao como éste?

- Tía, tía, tía, qué ganas tenía ya de verte –dijo él.
- Aún no me puedo creer que estés aquí, la verdad –dije yo, acompañándole a la calle para coger un taxi.
- Pues ¡aquí estoy! ¡De vuelta en la ciudad condal! Qué ganas tengo de pisar la playa.
- Qué ganas tienes de pisar el Circuit maricón, no me engañes.
- Sí bueno, eso también. Me voy a HINCHAR.
- Menos lobos, Paranoika.

Salimos de la estación por el lado contrario a la parada de taxis y caminamos unos metros por la calle Tarragona para coger un taxi libre. Que el que hace cola en Sants entre guiris y abuelas es porque quiere perder tiempo y pagar el recargo. Le di la dirección de mi casa (porque evidentemente mi amigo se iba a quedar allí estos días) al taxista y Jorge tardó cero coma en sacar el tema. No me dio ni tiempo a acostumbrarme a tenerle a mi lado.

- Bueno ¿ya te ha contestado?
- Todavía nada. Lleva todo el día Offline en el Grindr y ni me ha llamado ni me ha mandado un mensaje ni nada de nada.
- Ya te dije yo que un ultimátum no iba a funcionar con él, no es de esos.
- Pero si no le conoces de nada, qué coño vas a saber cómo es.
- Coño, porque no le conozco a él pero conozco a los tíos como él. Son muy majos, muy divertidos y super agradables; se encoñan con facilidad y además son el tipo de tío que te vuelve loco pero NO QUIEREN NADA SERIO.
- Pero si es que yo no le he pedido nada serio.
- Espera ¿cómo era lo que le dijiste? Ah sí: “B, necesito saber si esto va a alguna parte…” Eso a mí me suena a algo serio.
- A mí también –dijo el taxista.
- ¿Ves? –dijo Jorge.
- ¡Oiga! –exclamé-. ¿De verdad os lo parece?
- Sí –dijeron los dos.
- Pues fíjate… yo no me refería a eso… osea, yo no veo a B como mi novio ni nada por el estilo… que yo ahora no quiero un novio… ¡pero si me estoy follando a mi vecino el gemelo, que está tremendo!
- Por cierto, que a ése me lo tienes que presentar que quiero ver si de verdad está TAN BUENO como dices. Pero no cambiemos de tema: quieras un novio o no tú aún no has superado tu men-o-pausia y le has asustado –continuó Jorge.
- Que no se ha asustado, que él a veces hace estas cosas.
- ¿El qué? ¿Ignorarte porque le has dicho algo a lo que no se atreve a contestar?
- No. Mira tía, lo que yo tenga o deje de tener con B es una cosa mía…
- Pues si es una cosa tuya no nos lo cuentes a los demás, haz como que no pasa nada y no nos meteremos. Pero como tú si no lo cuentas es como si no te hubiera pasado pues te jodes y aguantas lo que te tengamos que decir. ¿A que sí? – le preguntó al taxista.
- Mi mujer es igual –respondió el hombre-. Se pasa el día criticando a sus amigas y cuando le digo que haga algo y deje de quejarse me dice que yo no me meta.
- Si es que no hay quien las entienda –dijo Jorge.

Al poco rato el taxi se paró delante de mi casa. Yo conseguí manejar la situación con inteligencia y sacar temas de conversación totalmente banales que entretuvieran a Jorge y a su nuevo mejor amigo taxista para evitar exponer mi situación personal ante un completo desconocido que parecía estar dispuesto a aconsejarme exactamente todo lo que tenía que hacer para conseguir que B me respondiera al ultimátum sin salir perjudicado.
Lo curioso del tema es que yo no consideraba haberle dado ningún ultimátum a B. Habían pasado ya unas semanas desde que dejó a La Peligros y me dijo que pensaba mucho en mí, y habíamos quedado varias veces para ir a tomar algo, para salir de fiesta y para follar, pero sin sacar nunca el tema; entre otras cosas porque yo estaba totalmente descolocado por sus reacciones. Mira que yo he visto muchas cosas en el mundo gay pero me sorprendía que un tío dejara a su novio, me dijera “pienso mucho en ti” y luego se fuera a follarse a un turco, un búlgaro, un rumano, un rubio, un moreno, dos pelirrojos, un sueco, tres italianos, dos menores y un negro con una polla que casi le desencaja la mandíbula. Sí, me lo contó así de literal y sí, llevo la cuenta de los tíos con los que se acostado.
Y a todos esos sumadme a mí.

Pero claro, tampoco es que yo me haya cortado un pelo. Mis aventuras con Manuel, el gemelo, seguían adelante. De hecho estaba empezando a ser un poco agobiante porque el chaval se pasaba casi más tiempo en mi casa que yo. Sobretodo desde que descubrió que saltar desde su lavadero al mío era tremendamente fácil, que imagínate el susto que me di el otro día al llegar a casa por la noche y encontrármelo en pelotas en el sofá viendo la tele (susto por el que luego me compensó dos veces y una mamada).

De hecho esa faceta Spider-man que el chico había desarrollado era algo que Jorge y yo íbamos comentando mientras entrábamos en casa y menos mal que mi amigo ya estaba sobreaviso porque, efectivamente, estirado en el sofá como su madre lo trajo el mundo estaba Manuel.
Al verle Jorge soltó un suspiro y me dijo:
- Tía, no hacía falta que me compraras nada.

Manuel saltó corriendo del sofá y fue a la habitación a ponerse la ropa sin decir ni una sola palabra (ni gestos ni miradas apasionadas). A mí me dio la risa y tuve que ir a buscarle para presentarle a Jorge.

- No sabía que ibas a venir con alguien –dijo Manuel, subiéndose los boxers de Superman que su madre le había comprado en un H&M.
- Te dije que hoy venía mi amigo Jorge y que se quedará en casa unos días; así que no te me cueles en casa, que esto no es Siete Vidas y yo no soy Amparo Baró.
- Tú eres más Javier Cámara, nena –dijo Jorge, desde el sofá.
- Tú calla, borracha –le grité.
- ¿Entonces no vamos a poder follar? – preguntó Manu, poniéndose la camiseta.
- Sí, claro que vamos a poder follar. Es más, voy a invitar a Jorge a que se dé una ducha antes de ir a cenar –esto lo grité, para que me oyera desde el salón- y tú y yo vamos a echar un polvo ahora mismo.
- Tranquilos, por mí no os cortéis. ¿Va a venir tu amigo y vecino Spiderman a cenar con nosotros?

Yo miré a Manu, que se encogió de hombros y puso cara de “me suda la polla, si pagas tú voy” y contesté que sí. Él se subió al colchón y lo cruzó a cuatro patas hasta quedar justo delante de mí, empezó a bajarme la cremallera del pantalón y a comerme la polla por encima del slip.

- ¿Cuál es mi habitación, Javi? –preguntó Jorge.
- La del fondo a la derecha –le respondí.
- ¿No vas a venir a enseñármela, hija de la gran puta? – exclamó indignado.
- Ahora mismo no puedo –dije yo, mientras Manuel me sacaba la polla del boxer y empezaba a darle lametones-. Pero cómo eres de cerdo… -le susurré.
- Ok, no quiero saber que está pasando ahí dentro. Me voy a la ducha.
- Tómate tu tiempo –le gritó Manu a Jorge (obviamente sacándose mi polla de la boca).
- No sabía que los superhéroes eran tan putas -contestó Jorge.

Yo cerré la puerta del dormitorio y me quité toda la ropa. Al sacar el móvil del bolsillo y dejarlo sobre la mesita vi que en la pantalla del iPhone aparecía una notificación.

Alguien me acababa de hablar por el Whatsapp.

Era B.

“Mensaje de B: Te quiero…”

Capítulo Dieciséis: WTF!!??

Aquella mañana, cuando Manuel se fue a su casa (osea, cuando Manuel cruzó el descansillo y entró en su casa, mejor dicho) yo me quedé durante media hora en la cama dándole vueltas a la cabeza.

Recapitulé todo lo que había pasado últimamente y me di cuenta de que lo mío daba para el arco argumental completo de una temporada de Queer As Folk. Hace unos meses conocía HoneyB (para los amigos, B) un chico muy majo que me tiró los trastos vía Grindr y que se convirtió en un follamigo recurrente del que me estaba empezando a pillar. Pero cuidado, que no es que me estuviera enamorando; simplemente comenzaba a sentir esas ganas inexplicables de pasar tiempo a su lado para ver si realmente hay algo o no.

Cuando yo empezaba a sentir que sí, que había algo, B empezó a salir con La Peligros; probablemente la peor persona a la que robarle un novio. Porque si Iván (su nombre real) ya es peligroso de por si, imagínate si proyecta todo su odio hacia la misma persona.

Y mientras yo trataba de quedar con B para ver si lo suyo con La Peligros iba en serio y tratar de averiguar si todo lo que yo estaba sintiendo eran cosas mías o era cosa de los dos voy y me acuesto con uno de mis nuevos vecinos: los gemelos Paco y Manolo. O Fran y Manuel.
Y lo peor es que voy y me acuesto con el que menos pinta de gay tenía, lo cual ya me hacía presagiar que aquello no me iba a traer nada bueno.

Y efectivamente, nada bueno trajo.
Pero no adelantemos acontecimientos.

Tras darle vueltas y vueltas a la cabeza sobre todo lo que me estaba pasando conseguí quedarme dormido. Era sábado. Recibí un par de llamadas de Hugo y de Raúl que, imagino, querían preguntarme si iba a ir a la playa con ellos y, de paso, sonsacarme todo lo que pudieran sobre Manuel. Antes de darme la vuelta y seguir durmiendo llegué a la conclusión de que era mejor no contarles nada de lo que había pasado aquella noche, porque estas dos son muy escandalosas y seguro que me traían problemas.

Y me los trajeron.
Pero de verdad, no adelantemos acontecimientos.

Así que seguí durmiendo. Cerré los ojos y descansé. Para cuando desperté ya eran casi las cinco de la tarde y al ver el reloj me sentí como una mierda, como un parásito que había desaprovechado un buen día. Luego recordé que, técnicamente, el día había empezado a las 00:00 de la noche anterior y desde esa hora hasta ese momento exacto había aprovechado muy bien el tiempo.

Me quedé un momento estirado en la cama, sonriente. Cogí el iPhone y gracias a esa maravilla que es el Remote y el dejar el ordenador encendido las 24 horas hice que comenzara a sonar en mi iTunes una lista de reproducción que me hice un día llena de rock alternativo para momentos de subidón. Y empezó a sonar un grupo finlandés bastante poco conocido (y que ojalá siga así).

Abrí el Grindr. Por curiosidad. Porque en realidad no quiero nada con nadie de los que hay ahí. Bueno, con uno sí, pero desde que está con La Peligros ya no se conecta así que… Hasta esa mañana.
B se había conectado a eso de las 11 y me había dejado 10 mensajes.

“Sé q llevas tiempo qriendo qdar conmigo. Lo siento si parece q te rehuyo”
“Xo ya sabes cmo es Ivan”
“Si kieres podemos vernos esta tarde”
“Xq yo si q kiero”
“Bueno, en realidad es q necesito verte”
“Te lo iba a contar cuando te vea xo bueno, he dejado a Iván”
“No se, le he cogido mucho cariño xo no es lo q speraba”
“Y admas dsd la ultima vez q t vi no paro de pnsar en ti”
“Q xorrada, en vez de hablart x aki deberia llamarte, a lo mejor no lo lees nunca”
“Xo siempre me ha gustado escribirte x aki ;)”


Mi cara al terminar de leerlos era un poema. Pero uno de esos que no se entienden, de esos que parece que no se hayan escrito sino que alguien haya hecho un sorteo al azar de palabras y tal y como han salido del bombo las ha ido colocando y más tarde las ha publicado en un libro de portada marrón con una ilustración de un artista conceptual (que tampoco tiene ni puta idea de qué ha pintado) diciendo que todo es un compendio de poemas que hablan de la tristeza y la melancolía.
“Siento color de mieles en mis labios del dolor hiriente” o algo así.

Ayer por la noche le contaba a mis amigos lo mucho que me gusta B. Luego me lo encuentro con su novio, La Peligros, y me siento fatal. Y entonces, dando por hecho que lo mío con él era imposible, me acuesto con mi vecino. Y ahora resulta que poco después de encontrarme con B y con Iván; B dejó a Iván. Por mí. O eso me parecía entender. “…no paro de pensar en ti”
B no puede enterarse de que me acosté con Manu.

Mientras miraba la pantalla del iPhone intentando aclarar mis ideas, el circulito verde apareció bajo su foto: se acababa de conectar. Y no tardó ni un segundo en escribirme.

“Hola”
“Hola”
“Leiste lo q te puse?”
“Si”
“Perdona si me he pasado”
“Tranquilo”
“Pues… ¿qdamos?”
“Podemos tomar un café y charlar”
“O no…”
“Pasa algo?”
“No, no, perdona”
“Es q me acabo de levantar y estoy un pko empanado”
“Jajajajaja”
“Mucha juerga anoche?”
“+ o –“
“Hoy he visto a Raúl y Hugo en la playa”
“Me han dicho que no te fuiste solo a casa”
“;)”
“¿Estaba tan bueno como m han dixo?”

“Como para pedirles q me guarden un secreto”
“Jajajajajaja”
“Jajajajaja”
“Xo ¿lo estaba?”
“Sí”
“Q morbo.”
“Ya m lo presentarás”


WTF? ¿Ya me lo presentarás? ¿Pero no se supone que quiere quedar conmigo esta tarde para decirme que le gusto?

“Mmmm…”
“Q?”
“Voy a ducharme”
“Ok”
“Te veré luego?”
“No lo sé”
“Seguro q no te pasa nada?”
“No, no”
“Bueno, estoy un poco confuso”
“X?”
“Pues… no sé. Da igual.”
“Ok. Xo sabs q puedes confiar en mi y contarmelo”
“X aki será un follón. ¿A las 7 en Universitat?”
“Mejor a las 6. He qdado a las 7 y media”
“Bueno, voy un poco justo, intentaré llegar”
“Si no te va bien podmos qdar otro dia”
“Es q he conocido a un turco x aki q esta muy bueno y se va mañana de BCN”

WTF???????????

“X eso, q si kieres qdamos mañana mejor”
“Sí, mejor”
“Ok ;)”

Y se desconectó.

¿Sabes eso que te he dicho sobre el poema, y mi cara, y la falta de sentido de los sorteos de palabras? Pues en ese momento mi cara no era un poema.
Era una puta enciclopedia Larousse llena de palabras sorteadas.

Y SIN UNA PUTA ILUSTRACIÓN.

Capítulo Quince: La Penúltima

Cuando La Peligros entra a un restaurante suelen pasar varias cosas. La primera es que a alguien se le cae una bandeja. Sí, aunque estés en un restaurante japonés giratorio como el que estábamos nosotros, a alguien se le cae una bandeja. La otra es que los que la conocen, piden la cuenta. Aunque no hayan terminado.

Creo que nunca me he sentido más incómodo como en ese momento en que B e Iván vinieron a sentarse a nuestra mesa y Raúl les dijo que estábamos a punto de irnos, que habíamos pedido la cuenta. Era obvio que ni habíamos pedido la cuenta ni estábamos a punto de irnos, y La Peligros no se dio cuenta porque es muy simple para estas cosas pero B sí. Y la cara con la que me miró no me hizo sentir especialmente bien. Él sabía por qué nos íbamos. Bueno, por qué Raúl había decidido que nos íbamos.
Yo no tuve tiempo ni de presentarles, aunque en realidad eso era tarea de La Peligros.
Sin tener la cuenta en la mesa Hugo y Raúl ya estaban de pie junto a la caja esperando a que les cobraran mientras yo me despedía de la parejita feliz y, para mis adentros, me cagaba en todo.
Al ir a pagar sufrimos varias desgracias más (una bajada de tensión que hizo que se apagar el ordenador y tuviéramos que esperar a que se reiniciara, una chica que salía del baño y se resbaló y casi se abre la cabeza contra una mesa y una lata de Coca-Cola demasiado agitada) pero por suerte salimos del influjo de La Peligros antes de que nuestra integridad física corriera peligro.

No habíamos caminado ni media manzana cuando me sonó el móvil. Me había llegado un mensaje de B que decía “Una pena q os hayais ido tan pronto. Me habria gustado charlar contigo”.

- Le gustas –dijo Hugo.
- Claro que le gusto, hemos follado ¿recuerdas? –contesté.
- Ya ves tú, como si follar con alguien hoy en día significara algo –contestó Raúl.
- Pues yo sólo me acuesto con gente que me gusta –dije yo.
- Ya, pero lo tuyo es en plan romántico –dijo Hugo-. No eres capaz de irte a la cama con alguien raro de ver.
- Es que para raras ya os tengo a vosotras –contesté.

Caminamos por Ronda Sant Pere hasta llegar a Plaza Cataluña.

- Oye ¿qué hacemos ahora? –preguntó Raúl.
- Yo me he quedado con hambre –dijo Hugo.
- Aunque hubiéramos estado en el restaurante seis horas, te habrías quedado con hambre –contestó Raúl.
- ¿Vamos a tomar algo? – pregunté.
- Es que es súper pronto – se quejó Hugo.
- Nunca es pronto si la priva es buena –dijo Raúl, haciendo honor a su educación de barrio (marginal).
- Pues vamos a la Penúltima nenas, que mi economía está perjudicada últimamente.

La Penúltima es un local muy majo y muy lleno de gente (bueno, a esa hora no) en el que te venden unos vasos de vermut por un par de euros y que te dejan fina. Vamos, que con lo que te cuesta un cubata en una discoteca allí te pones como Las Grecas, y en estos tiempos de crisis pues eso se agradece.
Allí estuvimos un buen rato charlando, riendo y saludando a los conocidos (que, como comprenderéis, eran unos cuantos).
Vimos a LaOmni (cómo no) y me disculpé por haberme ausentado en su cumpleaños alegando que es que había tenido que ir a una boda en Murcia. Ella, que además de omnipresente es omniprevisible, soltó lo de “¡qué hermosa ereh!” y se rió y se fue. Así, literal: se río y se fue. Tanto dar por culo con el cumpleaños de una tía que se ríe y se va, sin despedirse.

También estaba por ahí Luigi, que esa noche había dejado a su “sosio” (como dice él) a cargo del “ristoraaaaante” y que tenía unas ganas enormes de dejar de hablar con nosotros para irse a magrearse con el madurito interesante que le acompañaba.

Y entonces, entre risa y risa, le vi.

- No me lo puedo creer –dije.
- ¿Qué? ¿A quién has visto? –preguntó Hugo.
- No me jodas que es La Peligros otra vez –dijo Raúl.
- No, La Peligros no es porque aún no se ha incencidado el bar –contestó Raúl.
- Nenas, sentado al fondo, en la esquina, a la izquierda… camiseta azul; junto a una musculoca vestida de negro y un chocho de pelo largo… no os giréis… pero es uno de mis vecinos… ¡que no os giréis hijas de puta!

Era inevitable: las dos se giraron en el mismo momento en que mi vecino (fuera cual fuera de los dos) nos veía. Al principio debió hacerle gracia eso de que las maricas se giraran para mirarle de dos en dos (claro, que si te pones esa camiseta marcando pectorales pues es normal que te guste que te miren). Pero cuando me vio (y me reconoció) se le borró la sonrisa de la cara y empezó a ponerse nervioso.
Hugo y Raúl volvieron a mirarme.

- Eres la hija de puta con más suerte que conozco, zorra –dijo Raúl.
- Nena ¿pero ése hombre es de verdad? – preguntó Hugo.
- Pues el hermano es exactamente igual. IGUAL.
- Hala, como los gemelos de Bel-Ami ¿te imaginas que se la chupan el uno al otro cuando están solos?
- Uy no sé… no tiene pinta de gay –dije yo.
- ¿Hola? ¿Javi? Estamos en La Penúltima, aquí o eres gay o eres marica, no hay más opciones –dijo Hugo.
- Sí que las hay, no me seas estrecha –dije yo-. Aquí hay mucho hetero también ¿eh?
- Hombre, mucho mucho… -dijo Raúl.
- Bueno, alguno hay –dije yo.
- Sí, alguno puede… pero ya te digo yo que ése de hetero no tiene nada –dijo Hugo.
- ¿Y cómo lo sabes, lista? –pregunté.
- Pues porque sólo hay que mirarle. Osea. Sentado con una musculoca, con esa camiseta azul marcándole todo lo que se le puede marcar, y esa sonrisa picarona que ha puesto cuando ha visto que le mirábamos, vamos es que no es gay, es maricón perdío. Y ahora, por la cara que estáis poniendo, intuyo que está detrás de mí y ha oído toda esta conversación…

Y Hugo se giró lentamente para comprobar que sí, que mi vecino estaba justo tras él. De hecho hacía rato que yo le había visto levantarse para venir a saludar pero no quise estropearle el momento a Hugo, que siguió hablando para intentar disimular:

- En la que os estoy diciendo que éste chico es igualito, igualito que mi primo Chema, el del pueblo; que es maricón perdío.
- Hola Javi –dijo el vecino.
- Hola… - Uno, no me acuerdo de los nombres de los hermanos. Dos ¡son gemelos! ¡No puedo saber cuál es éste!
- Soy Manuel.
- ¡Eso! Es que no sabía si eras Manuel o… o… el otro. Jajajajaja – Ay chica, qué quieres, las tres copas de vermut me hacen estragos.
- Fran. Bueno, mi madre te lo presentaría como Paco. Es que le gusta más llamarle así.
- Eso, Paco. Y Manuel.
- O Manolo –dijo él.
- ¡Anda coño! ¡Como Paco y Manolo, los de las fotos! –dijo Raúl.

El gemelo 1 puso una cara así un poco rara y a Hugo y a mí nos dio la risa. En realidad no sé por qué, porque gracia gracia tampoco tenía, pero mira, estamos borrachas y nos reímos de lo que nos da la gana.
Le presenté a Manuel a las dos locas que iban conmigo; le dije, literalmente “las dos locas que te han devorado con la mirada hace un momento se llaman Hugo y Raúl” y ellos se rieron así con esa risa en plan “ay, qué chistoso eres pero qué hijadelagranputa, DESGRACIADA”.

Al poco rato habíamos entablado una agradable conversación entre los cuatro que se basaba en dos temas: lo bueno que está el vermut y el morbo de ver a dos gemelos montándoselo. Pero Manuel, que resultó que era más listo que el hambre, no acabó de decirnos si era gay o no ni si había hecho algo con su hermano o no. Era como preguntarle a alguien del PP si iba a dimitir algún miembro por lo del Gürtel: “Pues mire usted… ni sí… ni no… ni todo lo contrario”.
A la charla se sumaron los dos amigos que estaban con él: Carlos, la musculoca y Sara, la choni. Yo me hice muy fan de Sara la Choni (de hecho se lo dije “Me estoy haciendo muy fan de ti, Sara La Choni” así, con esa gramática mía). Eran un poco estirados pero como nosotros tres tenemos gracia natural pues nos daba igual que no se integraran en la conversación. Manuel, mientras tanto, siguió sin dar muestras de si era hetero, gay o todo lo contrario.
A las dos y pico Carlos y Sara decidieron que se iban a Arena. Hugo y Raúl decidieron que ellas no iban a salir, que al día siguiente querían playa. Manuel me miró y me preguntó: “¿Tú qué haces?” y yo, que quería irme de fiesta pero también quería playa y, sobretodo (tras unos cuantos vermuts más quería follarme a Manuel), respondí:
- Pues no lo sé… es que me iría con vosotros tres a Arena…
- No, yo no voy, me voy a casa que mañana curro –respondió él.
- Ah bueno, es que también quiero ir a la playa mañana así que mejor me recojo ya.
- Pues nada, nos vamos juntos ¡que somos vecinos! Jajajajaja.

Y nadie más se rió. Era hetero. Sin duda.
Nos despedimos todos y todas y nos dimos besos y saludos y algunos “agrégame al Faceboooooook” (que es lo que se dice ahora cuando quieres mandar a alguien a paseo de forma educada –como si tras tres frases en las que no me has dicho ni tu nombre fuera a tener datos suficientes para agregarte al Facebook ¿sabes?-) Manuel y yo comenzamos a caminar hacia la parada de metro.

Fuimos charlando pues de tonterías. De que si qué buen tiempo hace, que si cuánto hace que vives en ese piso, que si qué guay que salgamos por los mismos sitios así podemos recogernos si nos encontramos tirados en la escalera, que si corre que perdemos el metro, que si qué bien esto de tener la parada tan cerca de casa, que si cuidado no manches el suelo que la portera te mata, que si no es tan tarde y no tengo ganas de irme a dormir, que si vente a casa un rato y tomamos algo, que si mejor porque así no despierto a mis padres, que si nos tomamos la última, que si yo pensaba que eras hetero y no me ibas a besar, que si eres activo o pasivo, que si tienes lubricante, que si por quién me has tomado...

Y que si te quedas a dormir después de follarme o te vas a tu casa, que vives aquí enfrente.

Capítulo Catorce: Así, de esa manera.

Aquella noche los chicos y yo habíamos quedado para cenar en un pequeño restaurante asiático del centro. El sitio es en si era una mierda, el típico restaurante japonés grasiento y de decoración espantosa, con un hilo musical de esos que se basa en una sucesión hortera de grandes éxitos de occidente reinterpretados a base de koto, shakuhachi y shamisens.
Algún día, cuando venga a cuento, os explico lo del curso de cultura asiática y lo del profesor japonés de 32 años que resultó ser la excepción que confirma la regla de que los asiáticos la tienen pequeña.

¿Por qué íbamos a esa mierda de restaurante japonés? Pues porque hace varios años –y cuando digo varios digo mogollón- aquel fue el restaurante en el que Hugo me citó cuando nos conocimos por el Bakala. Imagino que su intención era no tenerme mucho rato comiendo ahí y llevarme a su casa a follar como locos, pero al final resultó que nos caímos muy bien y a la media hora nos dimos cuenta de que polvos hay muchos pero gente con la que reírte de verdad no tanta.
Así que cuando Raúl hizo la llamada de emergencia de rigor (esa que te da la oportunidad de dejar tirado al tío con el que has quedado en caso de que no te guste, ya sabes) le invité a unirse a nosotros y de aquel horror de restaurante fuimos a La Penúltima y de ahí fuimos a la Metro… y el resto es historia.

Así que allí estábamos, sentadas en aquel extraño buffet libre giratorio japonés de nombre impronunciable y baños que sirvieron antaño de fuente de inspiración para un Resident Evil. Llevábamos unos tres cuartos de hora de charla y gracias a la aparición de mis dos vecinos en mi vida había podido evitar el tema que llevaba de hecho evitando dos semanas, lo de B.

- Yo sigo diciendo –oí decir a Raúl-. Que no sé qué coño hacemos aquí en vez de en tu casa, ayudando a tus vecinos a instalarse como Dios manda.
- Eso –dijo Hugo-. A la mierda el sushi, yo hoy quiero carne.
- Pues para querer carne te estás poniendo como una cerda comiendo pescado crudo, bonita –le contesté.
- A falta de pan… - contestó él.
- ¿FALTA DE PAN? –gritó Raúl (en este sitio no pasa nada porque gritemos porque lo único que hacen los dueños –que no estamos seguros de cual de los quince japoneses que hay por ahí es el dueño- es mirarnos y sonreír)-. ¡¡Pero si desde que descuajaringaste al camarero de Luigi que no paras de follar, meri!!
- Descuajada ¿qué? –pregunté yo.
- Descuajaringar –dijo Raúl.
- ¿Qué coño es eso? –dijo Hugo.
- Pues esto coño. Coges algo así –Raúl cogió un trozo de sushi con su tenedor (porque es incapaz de comer con palillos)- y lo meneas hasta que lo haces cachitos.
El sushi salió volando por toda la mesa en pedazos de arroz que se pegaron hasta en la chaqueta del pobre que teníamos sentado detrás.
- Eso significa descuajaringar.
- Gracias Don Camilo por su explicación –dije yo, sonriendo a los quince dueños que nos miraban sonrientes- y por el ejemplo práctico.
- Bueno, ¿entonces cuando vamos a ver a los vecinos esos tuyos? –preguntó Hugo.
- Echa el freno, madaleno –dije yo.
- Nena, no hables así. Que pareces sacado de Amar en Tiempos Revueltos –dijo Raúl.
- O de Física y Química, que es peor –dijo Hugo.
- No vais a venir a conocer a mis vecinos –y al ver sus caras de pena a lo gatito de Shrek o de niño al que le quitas su regalo de cumpleaños porque se ha portado mal y te lo llevas sabiendo que se lo vas a acabar devolviendo, corregí la frase -. Por ahora. Dadles un par de semanas que se instalen.
- Como las dos semanas sabáticas que te has tomado tú ¿no? –preguntó Raúl.
- Eso nena, dos semanas desaparecida –dijo Hugo.
- ¡No he estado desaparecida!
- ¡Anda que no! –dijo Raúl-. Si te perdiste el cumpleaños de la Omni y todo.
- Y dale con la Omni. ¡Que yo no iba a ir a la fiesta de cumpleaños de esa mamarracha! –exclamé.
- Pues no sabes lo que te perdiste nena. Unos chulazos… una de alcohol… una de drogas… -dijo Hugo.
- Pero si tú no te metes nada, maricón –dije yo.
- Que yo no me meta no significa que no aprecie que en una fiesta haya drogas para todos. Eso es ser un buen anfitrion, una persona que se preocupa por las necesidades de sus invitados –explicó Hugo.
- Claaaaaro, como la Preysler. ¿O qué te crees? ¿Qué en las recepciones del embajador sólo hay Ferrero Rocher? –dijo Raúl.
- Depende de dónde sea el embajador –dije yo.
- Bueno, no cambies de tema, cojones –dijo Raúl, en una extraña muestra de pueblerismo heterosexual que fue tan sorprendente que los dueños del restaurante volvieron a mirarnos sonriendo-. ¿Se puede saber por qué has estado dos semanas ahí perdida? He estado preocupada por ti ¿eh? La última vez que una de nosotras no dio señales de vida fue ésta –dijo señalando a Hugo- y ya sabes por qué y cómo acabó todo.
- Oye guapa –se quejó Hugo-. Que lo cuentas como si hubiera hecho yo algo malo.
- Bonita, no te pongas ahora a la defensiva que el argumento de esta historia ha cambiado y ahora ya no va sobre tu exnovio y tu exmejor amiga sino sobre la loca ésta –dijo señalándome- y sus Dos Semanas en el Tibet.
- Qué pesaditas estáis ¿eh? –dije yo, resoplando.
- Hombre tía –dijo Hugo- es que no es normal que tú estés desaparecida. Si ni siquiera cuando te da la Men-O-Pausia te pones así.
- Pero que no me pongo de ninguna manera –dije yo.
- Sí que te pones sí… y yo recuerdo la última vez que desapareciste un par de semanas y luego viniste haciéndote la digna -dijo Raúl.
- ¿Cuándo? –preguntó Hugo.
- Cuando le conoció –dijo Raúl.
- ¿A quién? – preguntó Hugo.
- A él –dijo Raúl.
- ¿A él? ¿A quién él? – preguntó Hugo.
- ¡HOSTIA PUTA TÍA! –grité yo (y sí, los dueños del restaurante nos miraron y sonrieron)- Díselo que me tienes hasta el coño con tu puto rollo de Jessica Fletcher. ¡Me puse así cuando conocí a mi ex, Alberto! Me tiré unas semanas de descanso sin hablar con nadie para aclararme las ideas y saber si estaba enamorándome de él o no y mira SÍ, lo ESTABA. Y AHORA ME PASA LO MISMO. ¿VALE? ¿ESTÁIS CONTENTAS YA? HALA, YA LO HE DICHO.
- Joder nena –dijo Raúl-. Qué huevos tienes. Si encima tendremos que pedirte perdón por ser tan críptica.
- Yo no soy críptica, bonita –le contesté-. Críptico es El Código Da Vinci. Yo soy UN SER HUMANO CON SENTIMIENTOS.
- ¡UN SER HUMANO DE LA SENSIBILIDAD, ERES TÚ! –me gritó Raúl.
- ¡¡DESAHOGÁ!! –le grité a Raúl.

A estas alturas de la conversación ya estábamos casi llorando de la risa y los dueños del restaurante (que sí, que no paraban de sonreír) no sabían donde meterse. Por suerte estaban acostumbrados a nuestro numeritos.

- Qué fuertes me parecéis ambos dos –dijo Hugo-. Te estás volviendo a enamorar.
- Eso creo, sí –dije yo.
- ¿Y de quién, meri? Porque que yo sepa la última persona de la que nos has hablado con la que ha habido algo fue…

Raúl y Hugo se miraron aterrorizados y gritaron a la vez:

- ¡¡¡LA PELIGROS!!! –y sí, lo has adivinado NO TIENE MÉRITO: los dueños del restaurante volvieron a mirarnos y a sonreír.
- No nenas no, La Peligros no.
- ¿La Peligros no? Entonces… ¿¿LA JENNY?? –preguntó Raúl.
- ¿QUÉ JENNY, TÍA? –pregunto Hugo.
- ¡LA PAVA DEL ASCENSOR!
- ¡TE HAS VUELTO HETERA! ¡Qué fuerrrrrrrrte! – dijo Hugo.
- No nenas, no me he vuelto heteras. Pero vamos a ver –dije yo-. Cuando yo os cuento mis cosas y tal ¿vosotras a qué prestáis atención?
- A lo que nos in-Teresa, claro –dijo Raúl.
- Yo la verdad es que la mitad de las cosas que dices pues no les hago ni puto caso porque es que hablas mucho tía –dijo Hugo.
- Vaya par de hijas de la gran puta que tengo como amigas.
- Hijas de bitch nena –me corrigió Hugo-. Hijas-de-bitch.
- A ver, cuando me pasó lo del ascensor y me encontré con La Peligros… ¿A dónde iba yo?
- A ver a tu madre –dijo Raúl.
- A casa de tu… ¿prima? –dijo Hugo.
- No nenas no. Iba a casa de B.
- ¿De quién? –preguntaron las dos a la vez.
- ¡De B, coño de B!
- ¿Y quién es B? –preguntó Hugo.
- ¡Ah calla! ¡Tu follamigo el del Grindr! –dijo Raúl.
- ¡Mira, te voy a dar un gallifante!
- Joder nena –dijo Raúl-. Es que mira que lo haces todo complicado. Te empeñas en liarnos. ¡Haber dicho lo del Follamigo y nos habríamos enterado a la primera! Que a todo lo que incluya “follar” sí que le prestamos atención.
- Pero meri –dijo Hugo-. ¿Te estás enamorando de un follamigo? Eso es una contradicción muy grande ¿eh? Un desafío a las leyes de la naturaleza que puede provocar un descuajaringuidimento de esos del universo.
- Tú tranquila, Stephen Hawkings, que no sé si me estoy enamorando… Eso es decir mucho. Yo sé que me gusta… como hacía mucho tiempo que no me gustaba alguien.
- Ten cuidado nena –dijo Raúl-. Que el amor… el amor… el amor llega así, de esa manera…
- Que uno no se da ni cuenta –continuó Hugo.
- Pues yo sí que me he dado cuenta. Y ahora no sé cómo decirle que me gusta, porque entre lo complicado que es quedar con él y que además está saliendo con La Peligros.
- De hecho, está entrando –dijo Hugo
- ¿Cómo que está entrando? –pregunto Raúl.
- Pues que está entrando por la puerta de este PUTO RESTAURANTE! –gritó Hugo, que era el único que miraba hacia la puerta del local.

Y los dueños del restaurante nos sonrieron y luego fueron a recibir a B y a La Peligros, que acababan de entrar en el puto japonés de los cojones.

Capítulo Trece: De repente, dos extraños. Y un jodido planeta.

Habían pasado dos semanas desde la escena del restaurante. Aquella escena funcionó un poco como mid-season de serie americana. O, lo que es lo mismo, cuando los guionistas se dan cuenta de que van por mal camino y finiquitan una trama de la peor forma posible para poder abrir una nueva etapa que salve los resultados de audiencia y no les cancelen.
Por suerte para mí, esto no es una serie americana. Por desgracia para mí, esto era mi vida y era real.

- ¿Y se puede saber por qué coño has estado así de desaparecida? – preguntaba Raúl, al otro lado del teléfono.
- No he estado desaparecido… - contesté yo. Mentí yo, más bien.

Claro que había estado desaparecido. La primera semana me la pasé intentando decidir por qué quería ver a B y si realmente quería decirle lo que quería decirle. Y la segunda semana la pasé intentando hablar con él sin tener cerca de La Peligros. Porque estaba claro que decirle a alguien que te gusta (sin estar pasando por la Men-O-Pausia, osea, que iba en serio) con La Peligros cerca era una condena a muerte de tu vida sentimental, amorosa y sexual en los siguientes setenta años.

- ¿Qué no has estado desaparecida? Meri, que celebramos el cumpleaños de la Omni y estaba ahí todo el mundo menos tú.
- Mira Raúl, aunque no hubiera estado desaparecido no habría ido a celebrar el cumpleaños de semejante hija de la gran bitch.
- Cómo eres meri ¡CÓMO ERES!

Hablar por teléfono con Raúl es lo que tiene: él decide cuando acaba una conversación. Yo no le había explicado todo lo que tenía que explicarle, pero él había decidido que la conversación había terminado y así era. Yo, que había quedado con B una hora más tarde, en el centro y (¡por fin!) sin La Peligros cerca, decidí que era momento de ponerme guapo. Me fui al baño, me desnudé me puse cachondo al verme en el espejo y me pajeé) y me di una ducha.

Al salir del baño oí ruidos en la escalera. Me acerqué a la mirilla porque si una cosa tengo es que si oigo ruidos en la escalera tengo que mirar (herencia de mi madre), no sea que alguna vecina antigua (que no vieja) se haya caído y se haya hecho daño. ¿Qué las voces que oigo son de dos jóvenes posiblemente atléticos y bien fornidos? Bueno, tal vez ELLOS han tirado a la anciana y le han robado el bolso.

Pero allí no había ni ancianas ni nada. La puerta del piso de enfrente estaba abierta. ¡Nuevos vecinos! Hacía ya dos meses que se habían ido los antiguos inquilinos (el Jona, la Juani, sus dos perros y la madre que los parió a todos) y creo que jamás me había alegrado tanto de perder a alguien de vista. Era consciente de que estaba viviendo un momento histórico y lo estaba haciendo en pelota picada delante de la puerta de mi casa.
Del interior del umbral inexplorado del tercero A emergió una figura. Era grande. MUY grande. Debía medir como un metro sesenta y debía pesar unos setecientos setenta y seis kilos. ¡¡Y era una mujer!! ¡¡ERA MONSTRUOSO!! Recordé la película y lo que el bicho le hizo a todo Manhattan y pensé en lo que me haría a mí si se daba cuenta de que estaba allí mirando.
Mi esperanza de que una adorable (y abierta) pareja de gays musculosos y cultos (y abiertos) se instalara era aplastada por la madre de Gilbert Grape, así que dejé de chafardear y me fui a lo mío. Ciertamente aquella mujer no iba a vivir sola (¡hasta Jabba el Hut tenía compañeros de piso) pero viéndola a ella ya tenía suficiente: nada interesante (again) en el tercero A.

Tardé un buen rato en elegir qué me iba a poner para aquella cita con B (que él no sabía que era una cita), pero dejé que el amor de Kylie guiara mis manos en el armario y acabé vestido para matar. Ya estaba listo, podía irme.

Al abrir la puerta entendí mi primer error: no utilizar la mirilla para asegurarme de que no había nadie en el descansillo. Pero ya no había marcha atrás. La mejor forma de no encontrarme con nadie era hacerme el tonto y aunque aún no le había dado al play llevaba los cascos puestos y podía hacerme el tonto. Así que caminé unos pasos con la cabeza gacha, simulando que buscaba algo en los bolsillos.

Y ahí se materializó mi segundo error: si vives delante de la persona más grande del mundo y vas mirando hacia abajo, es de esperar que te incrustes contra ella.

Y así fue. Aquello fue como si el meteorito de Armaggedon me cayera encima con Ben Affleck, Bruce Willis y todos los Aerosmith encima gritando como condenadas. Cuando me recuperé del soberano golpe y pude centrar la mirada me quité los cascos y oí su voz:

- ¡Niiiiiiiño! ¡A ver si miras por dónde vas! –dijo ella. Pongo que lo dijo, pero en realidad lo gritó a los cuatro vientos. Lo que pasa es que ahora sé que ella todo lo dice así, y paso de estar diciendo que gritó esto y gritó lo otro: ella habla MUY fuerte.
- Perdón, perdón –dije yo, disimulando-. Estaba despistado.
- Ya ya… despistado… Osea que tú eres el mariquita que vive en el B ¿no?
- Pues… ya veo que ha estado hablando con Mercedes, la portera.
- Pues claro niño, lo primero que he hecho nada más bajarme del coche ha sido ponerme al día de la escalera mientras mi marido y mis hijos descargan las cosas. JJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA –y es que si hablando se la oye desde la estación espacial internacional imagínate lo que deben pensar en la otra punta del universo cuando la oyen reírse.
Yo me la quedé mirando, sin saber exactamente qué hacer. Pero una palabra rondaba mi mente: “hijos”. Pero nada, olvídate nena. Mira a la madre, seguro que son como el primo de Harry Potter.

- Pero qué maleducada soy –dijo ella-. Me llamo Dolores. Pero llámame Lola.
- ¡Anda! ¡Cómo la canción!
- ¿El qué?
- La canción. No me llames Dolores, llámame Lola.
- ¿Eso es una canción?
- Sí bueno… se hizo famosa hace unos años…
- Niño, si no ha salido en Operación Triunfo a mí no me preguntes. JAJAJAJAJAJAJA –y volvió a reírse y en Pakistán hubo un terremoto y unos niños pastores murieron sepultados junto a sus rebaños. Pero una cabra sobrevivió y fue noticia dos días después en la CNN.
- Pues yo soy Javi. Y ya conocerá a mis padres, que también viven aquí. Ha sido un placer conocerla, Lola. Pero es que he quedado con un amigo y tengo un poco de prisa…
- Di que sí, hay que cuidar a los amigos. No como mi hijo Manuel, que no da un palo al agua, todo el día enganchado a la consolita de los cojones y no sale de casa para nada.

Lo dicho, el primo de Harry Potter.

- Menos mal que mi pequeño, el Paco, me ha salido más listo. Ése si no está estudiando está en el gimnasio y sino está por ahí con los amigotes.

Espera, espera, ESPERA. Paco. Pequeño. GIMNASIO. Mmmm…

- Así que… ¿tiene dos hijos? –le pregunté a Lola.
- Sí. Manuel y Paco. Pero no tienes nada que hacer que estos tienen de maricones lo que yo de Claudia Schiffer. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA –y una sacudida hizo que el último trasbordador de la NASA tuviera que abortar su lanzamiento-. Pero ve ve, que llegarás tarde y tu amigo se enfadará.
- Ay sí. Encantado de conocerle Lola.
- Igualmente.

Y me fui, dejando a Lola detrás. Saqué el iPhone del bolsillo y deslicé el dedo por el cover-flow hasta encontrar el Womanizer y darle al play. Bajé los tres pisos por las escaleras mientras oía cómo el ascensor subía hacia mi planta. Una vez en la portería me encontré con Mercedes, mi adorada Mercedes.
- Buenas tardes –me dijo ella y yo le respondí con mi famosa mirada “te saludo por cortesía, vieja cotilla ¡de mierda!”.

Y entonces les vi. Ni en mis peores fantasías sexuales había podido esperar vivir un momento como aquél.

Junto al portal del edificio se agolpaban un montón de cajas. Y dos Dioses del Olimpo se disponían a cogerlas. Antes de que las cargaran pude observar sus maravillosos torsos desnudos y di gracias a Dios por haber hecho que llegara por fin el calor y poder contemplar esos pectorales y esos abdominales. Al coger unas cajas todas las venas existentes en esos cuatro brazos se hincharon más que la de María Patiño en una mala noche. Uno de ellos empujó al otro y sonrió, y el otro tuvo un pequeño traspiés y se giró, también sonriendo.

Gracias, Señor, por meterme en una película de Bel Ami.
Entonces dejaron las cajas, se bajaron los pantalones y se chuparon las pollas el uno al otro. En mi imaginación, claro.

En la realidad los dos pasaron junto a mí soltando un débil “Buenas” y yo les contesté con mi boca abierta “no te saludo porque estás demasiado bueno y bastante tengo con evitar empalmarme”.

Al pasar junto a Mercedes ella les dijo:
- Es maricón.

Yo me giré, mirando a la puta vieja pensando si darle las gracias o mandarla a la mierda. Ellos se pararon a esperar el ascensor y se me quedaron mirando. Uno de ellos (hasta ese momento eran prácticamente imposibles de diferenciar) se me quedó mirando con cara de mala hostia.
El otro, sin embargo, me sonrió.